
En su cuarto, mis hermanas se intercambiaban sujetadores, con el torso desnudo
sus carnes sonrosadas emulaban el color de los tizianos. Se entretenían
mirándose al espejo y lo que el azogue les devolvía lo robaba con
mi mirada, ellas no eran iguales a mí, ellas tenían senos, los
pechos abultados como entonces pensé, me secuestraron la atención
y recordaré embelesada esa escena hasta que pierda la memoria.
Ahora recuerdo a una niña con la obsesiva intención de querer
crecer, de hacerse adulta y abandonar un cuerpo imperfecto al que le faltaban
pechos y le sobraban lazos. Hasta entonces que nunca había visto tetas,
o no había reparado en ellas, mi atención en ellas era nula y
sin embargo a partir de entonces aparecían por todos los momentos de
mi vida. Mi abstracción a la pantalla era superior a la de mis padres
llamándome para que al ir a la cama no viera los cuerpos desnudos de
los amantes ansiosos de las películas de medianoche. La niña
que en la bañera se miraba al espejo y tiraba ligeramente de sus huecos
pezones para aparentar lo invisible. Recuerdo mi despertar a la pubertad, al
crecimiento del tapiz moreno que invadió mi inocencia como queriéndolo
ocultar de los lascivos pensamientos. Despertar por la noche con una leve sensación
en el pecho y desear que la naturaleza fuera generosa conmigo y poner las manos
encima de mi pecho esperando notar su crecimiento. La paciencia no era virtud
de mi cosecha, si encima mis mejores amigas comenzaban a llevar sujetadores,
mi inquietud retorcía mi corazón para desesperarme. En las ocasiones
en las que podía observar a estas llegué a odiarlas, pues no
entendía como era posible que fueran tan crueles conmigo y enseñando
sus blancos mamelones se dirigían a mí recordando mis formas
o más concretamente mis no-formas. Las miraba discretamente sin desviar
mi atención hacia cualquier otra parte, no me interesaban ni los culos
respingones, ni los ralos pubis, ni las finas y largas piernas adolescentes.
Los senos eran reclamo incandescente de toda mi ignorancia y perder la oportunidad
de ver unos pechos desnudos suponía un fracaso por conocer una nueva
forma, posición, color, textura, desarrollo. Fui descubriéndolos
uno por uno, todos distintos con su cualidad particular y su personal entidad.
De aquella época recuerdo las elipses de Nati, sus inmaculados pechos
de tonos cálidos tintineaban en mi cabeza como campanillas prestas hacia
arriba husmeaban el aire como caniches. O las de Sonia con aspecto rezagadas
y cansinas, o las de Amelia de pezones fresa que marcaban el premio a la diana.
Uno a uno los podría ir recordando, como recuerdo la envidia y el rencor
que en mi generaba cualquier chica que tuviera senos y no fuera mayor que yo.
La llegada de aquel verano en vez de estirar mi cuerpo, el calor lo despertó y
en poco tiempo los cambios que en mí se desarrollaron atropellaron mi
capacidad de sorpresa sintiendo cada nueva evolución como algo mágico
que estaba dentro de mí y no había sabido llamarlo. Mi piel se
había oscurecido y la niña morena ya no iba a admitir que no
la reconocieran como mujer. Mi adolescencia comenzaba con aquel cambio que
el fenotipo me mostraba, en cambio había guardado en mi interior el
mayor de todos y que sería el último en descubrir. El regalo
de mi madre, mi primer sostén de "mayor", entre nerviosa y
avergonzada, con la ingenuidad de una chiquilla todavía trémula
me lo puse y quité varias veces, escogiendo la manera que a mí me
pareció más adulta de quitarse la prenda. Crecí. Lo notaba.
Cada vez que algún familiar aparecía tenía grabada la
frase haciendo notar lo espigada que estaba "la niña". La
ropa, los vestidos de volante y lazo, de macramé y puntilla desaparecieron
de mi vestuario, sustituidos por ropa de programa de tele, de revista de adolescente
y grupo musical de marketing. La visión de mi cuerpo ante el frío
reflejo del liso espejo me devolvía mis formas y aquel miedo a lo inesperado
fue desvaneciéndose, se evaporó el pensamiento de patito feo
y la figura del plano cristal se volvía voluptuosa y femenina, muy femenina.
A lo largo de aquellos años de aprendizaje mi sexualidad fue avanzando
paralelamente a mi cuerpo. Pasado el verano y después de una tarde de
piscina, como siempre me desnudaba en mi cuarto para mostrarle a aquella hoja
de plata mi esbelto cuerpo, recuerdo aquella tarde como una foto sepia, en
la que mi cuerpo tiznado por el sol brillaba al reflejo de este y que al quitarme
el bikini mis pechos asemejaban a postizos blancos, injertos de masa prestados
por otra mujer, mamas blancas pintadas sobre un lienzo oscuro, verdaderos tatuajes
eternos implantados en mi pecho y que con un ardoroso comezón quisquilleaban
hacia mi interior, no pudiendo evitar cogerlos con las palmas de mis manos
y acariciarlos suavemente primero, para luego apretarlos en toda su extensión
sintiendo que son míos.
Recuerdo los primeros momentos. Las primeras veces. Los estrenos de mi vida.
La primera y verdadera mirada de amor de un chico en clase. La primera confidencia
a mi mejor amiga. La cita de los nervios, de la boca sellada, del gesto imperfecto.
Del primer beso de amor. Subir las escaleras de casa con la alegría
henchida por la caricia de sus labios. Candidez e inocencia. La tarde en el
escondido rincón del café, los leves gestos de sexo no eran sino
caricias por encima de la tela, sin embargo sus dedos los sentía más
adentro. Sus novatas manos abrazaban como una araña de cinco patas a
su presa intentando exprimir mis pechos endurecidos, pero el zumo escurría
por mi sexo ajeno a las torpes intenciones de aquel aprendiz del amor. Y...recuerdo
con las mismas ganas aquella noche, sola en la cama, cubierta con la intimidad
de mi dormitorio, tapada por la oscuridad palpaba con miedo mi sexo aún
excitado por los dedos de la tarde y la mano de la noche se atrevía
a acariciar mi vello negro, a repasar mi raja de arriba abajo. Sentir como
fluía néctar de mi interior y el tocar se hacía dulce;
mi dedo caía en el averno, disfrutando de mi gozo de rodillas en el
lecho, con la otra mano enseñándole al pecho cómo tenía
que ser acunado, cogido, palpado, pellizcado, cómo ser sorprendido en
completa erección de la aureola y así en posición imploratoria
caí en clímax, mientras el orgasmo se adueñaba con desesperante
quietud de todo mi cuerpo y osmóticamente recorría cada membrana
hasta enervar el más pequeño de los músculos. Mi primer
orgasmo. Escribo esto y todavía me inquieto. No me resisto a llevarme
la mano a los muslos recordando aquel calor cuyo rescoldo aún permanece
en mí.
Mis aventuras el amor y el sexo fueron aumentando mi creencia en que solamente
otra chica puede dar placer a una mujer. Sólo nosotras sabemos nuestro
cuerpo y conocemos nuestros verdaderos deseos. No sé del sexo impaciente
que se abalanza y me asfixia con su cuerpo al unísono de sus precoces
descargas aunque no descarto el efímero fogonazo de una noche de automóvil
cuando la pasión y el sexo se adueñan de tan femeninos principios.
Tan idílicos como Alba. El primer día que en ella reparé no
pude menos que abstraerme de lo que hacía, un vellocino rubio caía
de su cabeza en una cascada enmarañada de fajos, el bañador comprimía
su cuerpo dándole aspecto más atlético, las piernas tan
largas que incluso le llegaban al suelo. Valquiria frondosa que animaba a mirarla
de reojo pues ser advertida en esa situación no hubiera evitado el rubor
en mi cara ante los pensamientos que el cuerpo de Alba animaban mi mente. Empotrada
en la esquina, seguía sus brazos secando las piernas, su torso, el cuello
y aquel manojo de cabellos púrpura. Al desnudarse mi zozobra aumentó,
al contemplar aunque fuera de lejos la redondez de sus senos, esféricos
como tazones, erguidos y jóvenes, con olor a piel fresca y suave, sonrosados
como toda su piel y encrestados por unos abultados pezones que sobresalían
del conjunto sinusoidal que era aquella pieza. En mis 22 años no había
contemplada algo que desde el primer momento deseara para mí con tan
arrolladora necesidad. Mis tardes a la piscina y su frecuencia fueron aumentando,
en mi recuerdo la desazón por no encontrarla, por llegar demasiado pronto,
o cruzarme a su salida. Mi presencia fue advertida, ya que poco a poco tanto
en la piscina como en las duchas o en los vestuarios físicamente estaba
cada vez más cerca de ella. Estudiante como yo y con el deseo de conocerla
no fue difícil congeniar con ella y creo que ella se sentía también
a gusto con mi presencia. Dicen que el roce hace cariño, así que
al cabo de un tiempo nuestra amistad se convirtió en confidencialidad,
pero en los vestuarios todavía tenía que aprovechar cuando ella
se secaba el pelo para detenerme en sus tetas, no quería que descubriera
mi secreto. A veces admiraba su triángulo de las delicias, claro como
su pelo, que no escondía el canal del deseo y mi cabeza se precipitaba
hasta su entrada. Los finos enjambres de pubis no la protegían de mi
mirada, si acaso delataban aquello que yo cada día anhelaba más
y con más ...pasión.
Era viernes y habíamos quedado para dar una vuelta por los bares de
copas de la zona así que fui a buscarte. Desde el portero automático
me dijo que no estaba lista y subía su casa. Alba se encontraba a medio
vestir y todavía estaba maquillándose. Hablábamos de banalidades
sin sustancia cuando me dijo que no le apetecía salir, que parecía
increíble, que un fin de semana que sus padres no están, a ella
no le entraba la gana de salir. Yo, por ella, decidí hacerla compañía
y dedicarnos al mejor deporte que sabemos hacer; hablar. Postradas en el sofá como
si en él hubiésemos caído, comentábamos lo divino
y lo humano a fuerza de una copa en la mano, en mi mente no tengo la certeza
de cómo empezó, memoria vaga del recuerdo etílico.
Sé que Alba se levantó del sofá y en cuclillas se acercó a
mí. Puso su dedo índice en mis labios indicándome que
callara y luego en voz baja me preguntó:
- ¿Quieres verme desnuda?
Pero Alba ¿por qué preguntas eso? ¿Te ha sentado mal
algo?. Su pregunta fue como un golpe que no sabes de donde viene, tan desconcertante
como efectivo.
- Te lo digo porque a veces te pillo mirándome mientras me cambio,
pero no te apures, no me importa. Todo lo contrario, me gusta que me mires
y... si soy sincera tengo que decirte que yo también te miraba a ti.
Todo el sonrojo se concentró en mi rostro y estaba tan azorada que
no articulaba respuesta. No tenía salida digna y cualquier excusa seguro
que resultaba falsa.
- Sssssssiento mucho todo esto. Farfullé como pude intentando calmar
unas palpitaciones que me hacían temblar de vergüenza.
- No lo sientas. Quiero que me mires sin los ojos del culpable, sin el reojo
del chiquillo, sin la cabeza vuelta del que traiciona. Quiero que cada centímetro
de mi cuerpo quede grabado en tu recuerdo.
Mientras me hipnotizaba con sus palabras me incorporó del sofá y
delante de mi se quitó la camiseta, dejando a la vista un sencillo sujetador
blanco que cayó a sus pies dejándome ver sus senos de cerca.
Tan cerca que podía olerlos, tan cerca que podía discernir todos
los tonos de sus pezones, tan cerca que podía oír cómo
crecían. Me cogió una mano y la acompañó hasta
posar nuestras palmas en uno de sus pechos. Los dedos temblaban al notar la
turgencia del pecho, la cálida y lisa piel que lo envolvía, el
mamelón, cúspide de tal pirámide se apretaba entre mis
dedos engordando mis más intimas ganas. Mi interior se derretía
y los primeros flujos resbalaron como los de una virgen en plena excitación.
La sombra de mi atrevimiento me llevó a probar sus labios. Alba receptora
de paso abrió su boca para que nuestras lenguas con su silencio pactaran
lo que ambas codiciábamos. El beso más intenso, las manos más
activas, todo, digo todo, aceleraba nuestro corazón que reclamaba con
estruendo ser abierto mientras me desabotonaba la camisa y retiraba de mi pecho
las cinchas que impedían que me desbocara. Ahora ella, pacientemente
observaba los míos erizados apunto de abrirse entre las carnes, los
acarició y acercó los suyos para mezclar nuestros pezones. El
rosa y el marrón se entrecruzaban como floretes en una lucha de esgrima
y aplastábamos dulcemente nuestros senos, nuestras miradas chocaban
y las bocas volvían a enlazarse. Bajé la cremallera de sus pantalones
y por sus muslos eslavos descendí con ellos quedando mis pupilas dilatadas
a milímetros de sus bragas que delataban su pasión. Mis dedos
acariciaron los límites entre la carne y la tela para que al final aflojaran
la cinta elástica que se hendía en la cadera. Poco a poco le
fui despojando de ellas, primero su plano y liso vientre, los primeros rizos
níveos de su pubis, el canal de su monte de Venus hasta que las braguitas
cedieron arrancando un hilillo de viscoso placer del mismo interior de su vagina.
Ahora palpitaba mi corazón y mi sexo. Lo veía tan bonito que
no me atrevía a respirar. Lo besé. Lo besé de nuevo. Lo
volví a besar y lo abracé. Subí por su vientre y también
besé sus tetas. Sus senos entraron en mi boca y los chupé con
gusto, con ardor mientras unos gemidos sordos intentaban desprenderse de la
garganta de Alba. Sus manos buscaron la abertura de mi falda y me desprendió de
ella. Introdujo los dedos entre mi braga y las nalgas atrayéndome hacia
ella. Notaba como el elástico bajaba y su mano traspasaba a lo más íntimo
de mi cuerpo, jugando con el ensortijado vello, telón de un acto todavía
más ansiado para finalmente y con toda su mano posada en mi sexo, apretarlo
como si se lo quisiera llevar. Mi flujo aumentó como nunca antes lo
había hecho, verdaderamente húmeda seguía jugando con
el musgo de mi entrada.
Levantándome los brazos giró alrededor mío besando y
lamiendo de mi cuerpo todo aquello que le parecía podría tener
gusto. Me arrastró hasta el sofá y caímos yo encima de
ella. Aquello ya no era un juego. Necesitábamos darnos la una a la otra
como verdaderas amantes, escondiendo la vergüenza para sacar de cada una
hasta el último hálito de placer. Alba se introdujo debajo de
mí, accediendo al encharcado portal enmarcado por unos labios que palpitaban
a cada torrente de sangre que los henchía. Pasó su lengua sintiendo
cada papila como papel secante y una nueva oleada de calor bajó por
mi útero que se comprimía, me separó los labios y buscó con
su vípera lengua mi clítoris. Su sexo se acercaba a mi boca.
Con la punta de la lengua tintineaba los alrededores de su vagina. Sus labios
se desplegaban tiernos y relucientes, bañados en la miel del placer
y a cada paso de mi lengua tiritaban de gusto. Con apenas vello admiraba su
clítoris bermellón irrigado ahora por miles de calambres que
la provocaban que levantara sus caderas para ofrecérseme entera. Así lo
hice, mi lengua barruntaba cualquier rincón, mis dedos acariciaban todos
los resquicios para terminar por hundirse en el angosto túnel. Mi estado
rozabala agonía pues ella pedía más mientras que yo suplicaba
por favor que me llegara el orgasmo, mi lengua bailaba sola y no podía
seguir el movimiento de mis dedos cuando Alba comenzó a apretar sus
muslos contra mis mojados carrillos y tomando aire con toda la fuerza de un
asfixiado juntó las piernas para que no me moviera y no perdiera imagen
de su orgasmo. Una larga contracción de su cuerpo que poco a poco se
fue relajando con pequeños estertores, pequeñas convulsiones
de gozo que salían con retardo a la llamada del clímax. Al poco
rato ella metió su lengua en mi distraído sexo, sacó de
nuevo la pasión en sus movimientos, su boca se volvió caníbal
y su gusto frenético, las respiraciones se me hicieron cortas e imposibles
de controlar, así como los gemidos y jadeos que profanaban mi boca nunca
habían sido desatados de esa manera, su lengua rozó mi ano y
un punto de deleite se sumó a mi placer, después una, otra y
otra vez. La lengua pasaba de la vagina al ano y en ese pequeño recorrido
me retorcía, hasta que introdujo lo más que pudo la lengua en
mi sexo y me senté en su cara abrazándome pues quería
estar dispuesta para lo que iba a venir. Resoplando en mi interior Alba dio
con el timbre del placer y a su llamada acudieron torrentes de espeso placer
que a paso lento fundían mi cuerpo y sus cenizas dejaron caer mi cuerpo
hundiendo mi desollado sexo en la boca de Alba. Caí de bruces sobre
sus caderas, abrazándome a una de sus piernas. Acurrucada como una niña
besaba sus ingles sin ánimo de moverme recordando el fuego que prendió dentro
y que alguna chispa todavía crepita dentro de mí. Alba acariciaba
mis nalgas y tampoco ella quería perder mi calor. Poco después
me giré y nos abrazamos con la intención de descansar unidas
a la vez que yo posaba mi cabeza en aquellos almohadones anhelos de mi niñez,
esperanzas de mi pubertad, juegos de mi adolescencia y tesoros de mi juventud.
Así, el recuerdo de sus pechos al cerrar los ojos me sigue turbando
y aquélla noche ocupará siempre un lugar preferente en mi memoria.
Hoolaa
Me masturbé y hasta me dieron ganas de se como tu
Tengo 12 años pero no soy virgen mi amigo Alan me metió su Pene pero no quedé embarazada por que los dos teníamos 11 años
quiero q me cojan tu y tu amiga
COJANME
estubo muy bueno
muy bueno
oye muy bueno
lograste hacerme llegar con solo la imaginacion. oye y ya no estas a su lado?
lograste que me masturbe muy bien.gracias
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