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Fecha: Domingo, 17 Diciembre 2006 « Anterior | Siguiente » en Hetero: General

Hetero: Mi primer trabajo

Anonimo
Accesos: 539
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Aún recuerdo cuando fui a trabajar a aquel pueblo perdido entre los montes. Yo había obtenido mi título de medicina el mes de junio y, en agosto, surgió mi primer trabajo.

Se trataba de sustituir en sus funciones al médico titular de aquella localidad de la que tantas cosas tengo guardadas para
el resto de mis días. El autobús de línea bordeaba aquellos
cerros dorados por el pasto y el aire tórrido del verano mientras yo sentía
como me embargaba una mezcla de sopor y nerviosismo. Me iba a enfrentar a mis
primeros pacientes, tenía que pasar entre aquellas casas ya visibles a
lo lejos un mes completo, sin poderme mover del lugar ( en aquella época
el servicio era continuado). Cunas (ese era el nombre del pueblo) apenas sí llegaba
al millar de habitantes. La noche de mi llegada mantuve una entrevista con el
alcalde quién me mostró el consultorio y me acompañó e
intercedió por mí en todo lo referente al hospedaje. De esa forma
terminé en aquella casa, que, sin ser posada de forma establecida, había
pertenecido a una señora la cual daba hospedaje a médicos, veterinarios,
músicos de fiestas, y todo tipo de transeúntes y trabajadores temporales
que tuviesen que pernoctar por alguna circunstancia. La propietaria había
fallecido en el último año y la casa pertenecía a su hijo,
el cual se dedicaba al comercio y la representación de comestibles por
lo que pasaba la práctica totalidad del tiempo fuera del pueblo, dejando
las labores de la casa a Luisa, su joven esposa y madre de una criatura de poco
menos de un año.



Cada día, terminaba la consulta tarde, siempre después de las
dos del mediodía. Luisa tenía la deferencia de esperarme para
almorzar juntos. Procedente de un patio con abundantes flores, a través
de una cortina la luz implacable de agosto penetraba en visillos a aquella
estancia impregnada por el frescor y la textura que el aire adquiere en las
casas antiguas. La joven dueña era una mujer afable, servicial, educada
y bastante sensual. Tenía los ojos grandes, realzados por un tenue contorno
de lápiz. Sus iris eran de color miel y parecían que te iban
a tragar cuando te miraban fijamente. Para estar en casa recogía sus
cabellos teñidos de un rubio ya suplantado por vetas de su oscuro color
natural en un moño que coronaba graciosamente el vértex de su
cabeza, y que junto con el resto de sus rasgos y sus ademanes la dotaba de
una vistosidad especial. Vestía un vestido blanco de lino, extremadamente
delicado y transparente que permitía al contraluz de la puerta del jardín
adivinar la suavidad del contorno de sus muslos, su cintura y cuando se ponía
de perfil, también sus pechitos. Como era consciente de lo que mostraba
al trasluz, solía levantarse de la mesa con frecuencia e ir a la cocina
pasando por delante de aquellos haces de luz, dándose perfecta cuenta
que atraía mi mirada como un imán en cada uno de sus pasos. A
la hora de la cena, ya con su marido presente, solía cuidar mucho más
su atuendo y esos ademanes que transportaban la imaginación de cualquiera
a delirios furtivos y exquisitos. Cada día, con el sopor del almuerzo
a cuestas, me retiraba a mi dormitorio y me gustaba fantasear con aquella mujer
acariciando mi pene poquita a poco hasta que daba espasmos con mi pelvis y
mi semen afloraba a presión para quedarme dormido después con
el gusto apacible de haber tenido un orgasmo a su salud.




Cierto día el trabajo de la mañana fue agotador, cuando llegué a
la casa Luisa había almorzado ya, teniendo en cuenta que era las cuatro
de la tarde.




Un calor abrasador se descolgaba del cielo agosteño mientras en la penumbra
de aquella sala Luisa platicaba conmigo recostada en un aparador. Se mantuvo
de pie, con sus piernas cruzadas y apoyada en el mueble cuya arista se hundía
en su culo y resaltaba por arriba sus exquisitas nalgas. Vestía un bata
muy fina y escasa que abrochaba por delante y dejaba ver su piel entre un botón
y otro, porque ella se las ingeniaba para arquear su cuerpo y que resultase
la tela ajustada; a nivel de la cintura, entre dos botones vislumbré el
triángulo blanco de su braguita, oscurecido tal vez por la mata de pelos
que albergaba entre sus piernas; ella era una pura sonrisa mientras hablaba.
Yo me estaba parando de verdad, no podía dejar de pensar en lo riquísimo
que sería hacerlo con ella, Luisa se daba perfecta cuenta y adoptaba
posturas cada vez más insinuantes, más provocativas. Decidió sentarse
y al hacerlo cruzó las piernas de manera que dejaba ver toda la cara
posterior de su muslo derecho, terso, con una sutilísima irregularidad
de su piel por la celulitis incipiente que más que afearla la hacía
aún más apetecible. A mí me caían gotas de sudor
por la frente, mientras mi paquete se abultaba de forma tan brutal que tenía
serias dificultades para disimularlo. Notando mi nerviosismo, hizo un movimiento
con las piernas disimulando adoptar una postura natural pero el resultado fue
darme a ver otra parte de la piel de sus muslos que antes estaba oculta. Yo
estaba deseando de terminar mi comida ante la idea de masturbarme antes de
dormir la siesta. Ella calló por unos momentos y me miró fijamente
devorándome con sus ojos hasta que emitió un suspiro angustioso,
para decir




- Hoy estoy regular sólo, no parece que me encuentro yo muy bien




-¿Qué le pasa? interrogué simulando interés científico




- Pues no sé, hace tiempo tengo trastornos con el periodo, lo mismo
se me adelanta que se me atrasa, y a veces siento a especie de punzada en una
ingle, pero muy leve. Mi marido me dice que vaya al médico pero yo no
creo que sea para tanto.




Aquellas palabras sonaron como un redoble en todo mi cuerpo, cuando me percaté que
se me estaba ofreciendo la oportunidad de ver y palpar el cuerpo de aquella
mujer, semidesnuda, una especie de hormigueo me recorría de la entrepierna
y los testículos y me subía por el abdomen hasta oprimirme el
pecho. Casi con voz temblorosa ante la incertidumbre de la respuesta sugerí:




- Si le parece bien, puedo echarle un vistazo, al menos las causas más
graves de dolor abdominal puedo descartarlas con una exploración cuidadosa


- Pues mira, no sería mala idea, ahora que el niño está echado
a la siesta, así me quedo al menos más tranquila. Por cierto,
deja de tratarme de usted, somos muy jóvenes los dos como para andar
con esos respetos




- Claro, perdona Luisa. Cuando termine de almorzar y lavarme los dientes si
quieres vamos a una habitación donde pueda explorarte




- Sí, vamos a mi habitación, ni siquiera he tenido tiempo de
hacer mi cama aún pero no pasa nada, me perdonas el desorden.




Yo ya no veía la hora de terminar de comer, se me atragantaba cada trozo
de carne que ingería. Mi hambre desapareció como por ensalmo.
Tuve una descarga de adrenalina de tal índole que mi apetito quedó suprimido
( el apetito por los alimentos claro) y mi muñeca temblaba cada vez
que sostenía el tenedor para llevarlo a mi boca. Era más bien
otro tipo de carne lo que mi boca ansiaba ya.




Ella se percató al momento de mi nerviosismo y comenzó a sonreír
de forma socarrona y a mofarse de mí con su mirada, mientras me decía
cosas totalmente serias, incongruentes con sus gestos, que ya adivinaban todo
lo que estaba pasando en mi interior.




Finalizado el almuerzo a trancas y barrancas, llevé a cabo un rapidísimo
lavado de dientes e hice un ademán de disponibilidad. Ella, de nuevo,
bajo su pícara sonrisa, dijo.




-Ven




La seguí por pasillos que desconocía, iba delante de mí moviendo
su culito con una gracia y sensualidad apasionante. Yo creo que estaba asegurando
al máximo la probabilidad de que me lanzara, de que le metiera mano,
estaba haciendo todos los méritos a su alcance habidos y por haber,
me estaba condicionando con toda su conducta a ser el único culpable
si la cosa no salía bien.




Subió la escalera delante de mí, y mis ojos se clavaron en sus
corvas y lo que se podía ver por encima de ellas. Un calor se me subía
a la cara de pensar la enorme decisión que debía tomar sólo
unos minutos después: lanzarme o no lanzarme. Por supuesto un rechazo
podía traer consecuencias graves para mí en aquellas circunstancias
de mi vida, pero pensar el gusto que debía dar tener la verga entre
aquellas piernas me hacía olvidarme de todas las contrariedades posibles.




Salió de su habitación con el pequeño dormido en brazos
y después de acostarlo en otra cama me hizo pasar. Se desabrochaba el
vestido comenzando por el botón inferior y rápidamente éste
se descolgó de su cuerpo. No llevaba sujetador, sus pechos me parecieron
una aparición, grandes, enhiestos, con sus bodes perfectamente curvados
y simétricos y sus pezones rosados, centrados en una areola no demasiado
amplia, dóciles, tiernos, susceptibles de ser lamidos, mordidos hasta
la saciedad. Su braguita era finísima, apenas sí dejaba un triángulo
por delante y detrás por el lado del cual salían algunos vellos
cortitos y caracoleados. No recuerdo una sensación de fuego como la
que me invadió en aquellos instantes, con la escasa voz que me salía
del cuerpo le dije,




- Échate sobre la cama por favor




Ella dejó el vestido sobre la silla y se acomodó tendida, algo
incorporada, separó sus piernas a ambos lados y mi vista se clavó en
ese momento en lo que guardaba en su entrepierna. A ambos lados de la braguita
sobresalían los pliegues de su conchita. Aposenté sobre su abdomen
la palma de mis manos húmedas por el sudor, y el calor de su cuerpo
fue una auténtica transferencia.




- ¿Te molesta algún punto de dónde te estoy tocando?




- No, no, para nada




Traté de palpar de forma profunda y superficial todo su abdomen, le
interrogué si tenía molestias en las mamas y aproveché para
palparlas también, rozando intencionadamente como quién no quiere
hacerlo el índice por sus pezones para sacárselos y sentirlos
duritos. Mi polla estaba a punto de estallar.




- ¿Puedes tumbarte boca abajo por favor?




- Claro




Mi exploración había terminado, ahora me veía en la situación
más crítica, tenía que lanzarme y no sabía cómo.
No podía dejar de intentar algo, aquello prometía ser uno de
los polvos que jamás olvidaría nunca. Lo mejor era no andarse
por las ramas y pasara lo que pasara, a estas alturas de las circunstancias
sobraban los pretextos y el arte de la seducción. Así me mojé el
dedo índice en saliva y lo pasé por dentro de sus nalguitas,
sentí como tuvo un leve estremecimiento, y comenzó con una risita
provocativa.




- jajajajajajaja-.¿qué haces?




La volví boca arriba y me lancé sobre su cuerpo besando su boca,
ella abarcó

mi nuca y comenzó a acariciar mi cabeza.




- Creí que no te ibas a atrever cariño -Me dijo-




- Me tienes loco Luisa, quiero fornicar contigo hasta quedarme hecho polvo,




Ella puso su dedo índice en mi boca y me insinuó que me callase
mientras desabrochaba poco a poco mi camisa y hundía su barbilla en
mi pecho buscando con sus labios mis pezones. Empezó a succionármelos
mientras su mano, que descansaba en mi rodilla ascendía lentamente por
mi muslo hasta mi bragueta. Facilité lo que intentaba y mi polla salió como
liberada de una opresión.




Comenzó a masajearla deslizando la piel atrás y a delante y yo
sentía algo riquísimo que me llegaba de mis genitales a mi cerebro,
pero mi obsesión en aquel momento era degustar su cuerpo, lamerlo, morderlo,
succionarlo todo, así que inmovilicé su muñeca que había
iniciado una masturbación deliciosa sobre mi polla, le saqué sus
braguitas y me bajé a su pubis, recortadito, perfectamente triangularðhurgué con
mis dedos entre sus vellos hasta tocar su rajita rosada, húmeda y caliente,
bajé mis labios hasta allí y comencé con una suave presión
de ellos contra aquella delicia. Una vez que tenía mis labios empapado
de aquel jugo mi lengua salió entre ellos buscando avanzar hasta aquel
huequito derretido de excitación y tras traerme con una suave presión
sus pliegues carnosos y devorarlos con todo el inimaginable juego de tactos
que se puede llevar a cabo entre dos mucosas, mi lengua entró en su
coño. La sentí rodeada de la presión de sus paredes y
me costaba mantenerla erguida, fuera, noté su clítoris tenso
en la punta de mi nariz. Como me costaba mantener un movimiento de mi lengua
dentro de una cavidad que tendía a cerrarse sobre ella, me limité a
sostenerla fuera con una tensión que me nacía del mismo cuello
y a empujar y sacar mi cara de aquel tesoro, de forma que literalmente la estaba
follando con la lengua. Ojalá pudiese oir de nuevo la variedad de sonidos
que aquella mujer emitía en esos momentos: daba chasquidos con su boca,
suspiros entrecortados, gemidos dulces y prolongados, todo eso en la posibilidad
que daba una respiración dificultada y espasmódica. Intentaba
decir algo pero nada le salíaðsólo le entendí una
vez:




- Qué rico, por favor, sigue amor mío, sigue no pares, mmmmmmmmm




Fui testigo de las sacudidas que daba su pelvis. Inundaba mi boca un jugo ligeramente ácido
que le chorreaba a ambos lados de mi lengua, la cual estaba literalmente tragada
por su coño.




Cuando ya no pude soportar más aquella tensión que invadía
toda mi boca esperé un momento de relajación de Luisa - porque
así entendía que había tenido un orgasmo- para retirar
mi cara de sus riquísimos y mullidos muslos




- Ven cielo - Fueron sus palabras mientras sus piernas comenzaron a rodear
mi cintura y apretarme contra ella. Con su mano cogió mi sexo y lo
pasaba suavemente por su vulva, estaba dándose un masaje previo, como
para ir tomando gusto al asunto. Yo sentía en mi glande el riquísimo
calor que se desprendía de aquel coñito. Con su mano derecha
dio las últimas pasada de mi capullo por su rajita, lo detuvo para
asegurar la posición y adelantó sus caderas en ese momento
para aferrarlo y tragárselo entero. Yo sentí cómo algo
delicioso iba engullendo mi polla mientras ella lanzó otro sonido
ininteligible. Me abarcó con sus piernas y comenzó a facilitar
el bombeo, al principio despacito pero que poco a poco fue incrementado el
ritmo y ambos nos quedamos sumisos en el mayor éxtasis imaginable.
Sólo se escuchaba nuestras exhalaciones ruidosas, el choque de mis
ingles con las suyas y los sonidos que mi polla generaba en la humedad de
su vagina.




- Mi vida, nunca creí que me lo harías, lo deseaba desde el primer
día que te vi




- Yo también Luisa, cielo, me fascinas mmmmmmmm




De esa postura se corrió varias veces. Después se levantó y
se colocó sobre mí cabalgada cuando comenzó a mover su
cintura en círculos con mi polla secuestrada entre sus paredes naturales.
Yo veía en un espejo que había frente a la cama como sus labios
menores se replegaba en cada movimiento, en cada ascenso y cada descenso. En
esos momentos metí la mano entre tanto movimiento por debajo de su abdomen
y alcancé su clítoris. Yo mismo tocaba el tronco de mi polla
que totalmente lubricada entraba y salía de allí y también
su clítoris, carnoso, erecto, rojísimo, elástico y gomoso,
ofrecido y alerta como sensor de todos los placeres posibles. Con los mismos
jugos que nacían de su petaquita acerqué mis dedos a su ano para
masajearlo; sentía en la yema la presión de su esfínter
y lo lubricaba con sus propias secreciones. Con esas manipulaciones llegamos
al climax, ella tuvo orgasmos potentísimos en auténticas sacudidas,
con toda la violencia que un cuerpo es capaz de experimentar en un campo de
batalla por el placer. Yo aguardaba para correrme, con auténticos esfuerzos
mentales retenía mi orgasmo y con él todo el semen que llamaba
a las puertas de mi polla.




Ella sacó un bote de crema hidratante y la aplicó en mi glande
al mismo tiempo que con la otra mano se ponía un poquito en su ano.
Se puso a cuatro patas y fijó el extremo de mi verga en su culito, se
relajó e hizo fuerza para dilatar su anillo al mismo tiempo que me pedía
que empujase muy poquito a poco, cuando sentí que había entrado
algo de mi miembro me pedía que me detuviera para adaptar su orificio
a la situación, después otro poquito más, y así acabó mi
verga por inundar su recto. Ella lo apretaba y lo aflojaba al mismo tiempo
que le entraba y salía, impregnándome de un tacto absolutamente
delicioso e irrepetible. En ese trance le metí dos dedos en su vagina
y fue muy agradable sentir como palpaba desde su oquedad, el bulto que sobre
ella producía mi polla desde atrás en cada embestida.




Se corrió de nuevo con ese tipo de penetración. Hicimos una pausa
porque dijo que me quería chupar todo y debía lavarme bien antes.




Metió mi capullo en su boca, lo hundía hasta su garganta, sin
que sintiera la más mínima náusea misteriosamente. Sus
labios se aferraban sobre mi polla, que era en esos momentos un cilindro largo,
duro, surcado de venas a punto de reventar. Se deslizaban por ella y la recorrían
en toda su longitud, se la sacaba y la metía en la boca, besaba la punta,
daba con la lengua unos toquecitos en los testículos. Finalmente me
dio con mi punto de máxima sensibilidad. Fijó su lengua en la
parte inferior del extremo de mi verga y allí comenzó a vibrarla
con toda la rapidez que pudo, yo sentía un gusto creciente que ya no
podía detener, era autónomo a mi voluntad, no sé qué pasó después,
sólo sentí que me vaciaba en su boca, que mi leche salía
por sus comisuras a presión, que ella sacaba mi pito de su boca y recibía
los borbotones en su frente, en tus nariz, sus ojos, y chorreaba por su cuello
hasta sus pechos.




Nos quedamos dormidos en la apacible habitación hasta que sentimos el
llanto del niño que se había despertado.




Aquella tarde visité mis enfermos y por la noche, bajo el aroma de los
jazmines y la albahaca en el patio, el marido de Luisa me invitó a degustar
un vino de reserva que había guardado para ocasiones especiales.














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