
Por esta razón, y para sacarme algún dinero, acepté trabajar durante el mes de agosto, supliendo al conserje de unas viviendas,
que a su vez era el padre de uno de estos amigos míos.
El trabajo en sí no implicaba la menor complicación y resultaba
ser francamente atractivo. Debía encargarme de los jardines, de los
contenedores de basura, y de poco más. De la limpieza de los cinco portales,
se encargaban unas señoras que estaban contratadas aparte. Además,
el sueldo que iba a ganar era francamente importante, pues fueron sesenta mil
pesetas de las de hace veinticinco años.
A las mujeres que vivían allí, la idea les encantó. No
así a sus maridos. Yo era un joven francamente atractivo, a juzgar por
los comentarios que escuché en muchas ocasiones de boca de aquellas
mujeres. Con esa edad, ya medía un metro y ochenta y dos centímetros,
pesaba unos ochenta kilos y practicaba mucho deporte que, sin ser de alta competición,
mantenía mi cuerpo en perfecta forma física; supongo que por
estas razones, se produjeron aquellos enfrentamientos entre matrimonios.
Pero se dio la circunstancia de que una joven andaluza, de la misma edad que
yo, se vino a vivir al piso de su hermano, durante el verano, para cuidar
de su sobrino, que tenía unos cinco o seis años. Enseguida
entablamos amistad y se pasaba las horas conmigo mientras su sobrinito jugaba
en la calle. Aquella circunstancia hizo que comenzáramos a salir juntos,
convirtiéndose en mi primera novia oficial.
Era natural de Huelva y aunque llevaba muchos años en Madrid, todavía
conservaba ese acento tan gracioso. Su rostro se parecía mucho al de
la actriz italiana Sofía Loren, medía como un metro y setenta
centímetros, su piel era morena, casi como las mulatas, con las piernas
largas muy bien contoneadas que finalizaban en unos pies prácticamente
perfectos. Sus pechos eran redonditos, de tamaño medio, levantados y
firmes. Su cabello largo, ondulado y negro como el carbón.
Cuando caminaba, parecía que lo hacía bailando, con una gracia
y un salero especiales, típicos de las mujeres andaluzas, enviando las
nalgas hacia uno y otro lado, según daba cada paso, con un culito empinado
y ligeramente sobresaliente. Los labios eran suavemente carnosos y sus ojos,
marrón oscuro, de una mirada penetrante, sobre todo cuando se enfadaba.
Creo que era el prototipo de la mujer andaluza por excelencia, con el genio,
la gracia, el cuerpo, los andares y las costumbres de aquella zona tan hermosa,
consiguiendo cautivarme con todo ello.
Cuando habían transcurrido unas tres semanas de aquel caluroso mes,
yo ya había hecho muy buenas “migas” con su sobrino y solíamos
jugar bastante a menudo. En cierta ocasión me encontraba regando el
césped de la parte delantera de los edificios, manguera en mano,y el
niño, travieso como cualquier otro, comenzó a provocarme con
cantinelas típicas, como: “La manga riega..., y aquí no
llega...”. Así, una y otra vez, siempre con su tía presente,
observándonos con cara de mal humor.
¡Estaba preciosa! Llevaba un vestido de tela muy fina, casi transparente,
que dejaba perfilar sus erectos senos, sin sujetador. El vestido le llegaba
hasta las rodillas, sin cubrirlas, con algo de vuelo, permitiendo ver sus muslos
si hacía algún movimiento brusco. Y al final de sus pantorrillas,
sus lindos pies estaban calzados con unas espadrillas de loneta roja, con la
suela hecha de cuerda de esparto trenzado, cubierta con una fina capa de goma
y haciendo una ligera cuña en el talón. Las llevaba en chancleta,
con la tela del talón doblada y aplastada hacia delante, lo que provocaba
una visión celestial de tan excitantes pies y un sonido sinfónico,
cada vez que se desplazaba de un lado hacia el otro, persiguiendo al “gamberrete” de
su sobrino.
- ¡Haz el favor de portarte bien! –Decía.
Pero su sobrino no le hacía ni caso y no hacía más que
reír, cantar, y correr tras el chorro de agua, como queriendo meterse
bajo él, pisoteando los regueros que dejaba la mangueray saltando en
los charcos, hasta mojarse las piernas por completo. Aquello enfadó a
mi novia y soltó una grave advertencia.
- ¡Mira! Como te llegues a mojar la ropa, ¡la tía se va
a quitar la zapatilla y te va a pegar con ella! ¿Me has oído?
Pero el pequeño hizo oídos sordos y comenzó a correr
de un lado para otro, buscando el agua, y provocando a su tía, que ya
estaba cerca de enfurecerse. El pequeño se lo estaba pasando en grande
y yo estaba disfrutando con la exhibición de mi novia y su mal genio.
Era toda una mujer de carácter y hubo un momento en que ya no pude apartar
la vista de ella, porque me tenía embrujado. Sólo tenía
ojos para su cuerpo y oídos para su enérgica voz, sujetando la
manguera y regando de manera autómata...
¡¡La manguera!! Por un instante me detuve, fijo en el mismo lugar,
como consecuencia de lo absorto que estaba con la contemplación y el
puñetero niño aprovechó la ocasión para ponerse
bajo el chorro del agua, empapándose por completo. Entonces sucedió lo
inevitable.
-¡¡LA MADRE QUE TE PARIÓ!! ¡¡¡CARLITOOOOSSS!!! –Gritó mi
novia, enfurecida- ¡¡AHORA SÍ QUE TE LA HAS GANADO!!
A todo esto, el pequeño, intuyendo lo que le esperaba, echó a
correr hacia el portal de su casa, como alma que lleva el diablo. La tía,
corriendo a duras penas, entorpecida por sus chancletas, detrás de él
y yo, partiéndome de risa ante tan graciosa situación. Entonces
se paró frente a mí por un instante y señalándome
con el dedo índice, me amenazó severamente.
-¡Tú y yo, ya hablaremos de esto más tarde! ¡Cuando
le dé lo suyo a Carlitos! ¡¡Ya te lo diré después!!
Mientras se había producido el ligero incidente, me ocupé de
cerrar la boca de riego, para no ocasionar más “desperfectos” y,
como parecía ir en serio, salí tras mi novia con la intención
de evitar que cumpliera sus amenazas hacia Carlitos, pero llegué demasiado
tarde. El niño había sido alcanzando justo antes de entrar en
el portal y las amenazas de mi novia, se hicieron realidad.
Allí mismo, en la entrada del portal, se quitó una zapatilla
y le sacudió cuatro o cinco zapatillazos en las nalgas, que le hicieron
dar saltos de escozor. Si aunamos las dos circunstancias que se dieron, por
un lado el escozor natural que producen las suelas de las espadrillas, junto
a las ropas empapadas, por el otro, no es de extrañar que diera saltos
cada vez que las recibía en su trasero.
-¡Déjale, no le pegues! Que no ha sido culpa suya –le dije.
-¿Que no ha sido culpa suya? Se lo he advertido varias veces... ¿Que
no es culpa suya, dices?
-Ha sido por un descuido mío.
-Mira, en eso tienes razón. La culpa es tuya –me dijo, agitando
la chancleta en el aire-, por eso, ya hablaremos tú y yo, después.
Ahora, ¡déjame en paz!
Se giró y se marchó hacia los ascensores, llevando a su sobrino
sujeto de una mano y dándole otros tres o cuatro zapatillazos por el
camino. Fui tras ellos, pero entraron en el interior de uno de los ascensores,
dándome con la puerta en las narices. No me quedó más
remedio, si quería evitar que Carlitos recibiera más zapatillazos,
que subir en el otro ascensor e intentar detenerla antes de que entraran en
la casa.
Durante el trayecto, de vez en cuando la escuchaba regañarle y darle
uno o dos zapatillazos más, hasta un total de tres ocasiones. Por fin
llegamos al quinto piso e intenté persuadirla de que se calmara y que
no pagara su enfado con Carlitos, aunque resultó inútil. Se había
calzado antes de salir del interior del ascensor y supuse que no habría
más chancletazos. Abrió la puerta de la vivienda e introdujo
a su sobrino en la casa, con un ligero empujón.
-¡Vete preparando! ¡Qué aún no he terminado contigo! –Le
dijo.
Entonces se giró hacia mí y volvió a reprocharme lo sucedido.
Me dijo que si no me daba vergüenza, que por mi culpa tenía que
pegarle a Carlitos...
-Tampoco es para ponerse así ¿no? –Dije yo- Le secas, le
cambias de ropa y ya está. No hacían falta los zapatillazos.
-¿Y si coge un catarro, qué? ¿Cómo se lo explico
a mi cuñada, eh? ¡A ti sí que te hacen falta unos buenos
zapatillazos! –Me dijo, mientras entrábamos en la casa.
-¡Vaya! ¿Y me los vas a dar tú? –Pregunté con
sarcasmo.
-¡Encantada!
Y se quitó una zapatilla ante mis atónitos ojos, se abalanzó hacia
mí y me soltó tantos zapatillazos como pudo en unos pocos segundos.
Fue tan rápida en sus movimientos que no me dio tiempo a reaccionar.
Y la verdad es que me escocieron. A pesar de recibirlos sobre los pantalones
vaqueros, la furia que descargó fue tan grande y con tanto ímpetu,
que sus chancletazos me produjeron cierto grado de escozor, junto a una gran
erección. Ella la notó, pero no me dijo nada.
Ciertamente avergonzado y humillado, me marché, cual canino vencido, “con
el rabo entre las piernas”; pero con la agridulce sensación de
haber tenido una excitante experiencia. Tras la puerta, volvieron a escucharse
unos cuantos zapatillazos más, algunos gritos, lloros y más regañinas
de mi novia a su sobrino Carlitos.
Terminé casándome con ella, aunque...
------------------------------------------------------------------------
Segunda Parte
Durante los pocos años que duró nuestro noviazgo, poco a poco,
me fui dando cuenta de lo que realmente me esperaba al lado de mi novia. Su
madre era una mujer dominante que tenía al marido cohibido y mi novia,
como buena hija, pretendía hacer lo mismo conmigo. Yo siempre he sido
muy rebelde y nunca me he dejado doblegar en serio por nadie. Otra cosa muy
distinta son los juegos eróticos, las azotainas excitantes, etc. Pero
de ahí a dejarme dominar, había todo un abismo.
Por esta cuestión solíamos discutir a menudo, amén de
su costumbre de sacudirle a sus sobrinos con la zapatilla, quizás más
de lo necesario. De entre todas las ocasiones en las que la vi hacer uso de
su herramienta preferida, igual que su madre, destacaré un par de ellas.
Las demás, apenas si tienen relevancia.
.....Ella vivía en un chalet situado en una urbanización privada
del oeste de Madrid, con piscina, jardín y terreno más que
suficiente como para que los niños pudieran jugar y correr a sus anchas.
El padre se dedicaba a comprar vehículos, repararlos, reformarlos
y venderlos después, y había habilitado una zona como taller,
para realizar sus trabajillos. Mi novia no tenía necesidad de trabajar,
pero en una calle más abajo, vivía una amiga suya, enfermera,
casada con un periodista, que tenía dos niñas a las que no
podía cuidar en vacaciones, debido a su trabajo, por lo que mi novia
se había ofrecido a hacerlo, recibiendo algún dinero a cambio.
Las niñas tenían siete y cinco años, respectivamente,
y eran la mar de simpáticas, vivarachas y algo “pillinas”.
En cierta ocasión, mi suegra me invitó a pasar el fin de semana
con ellos, para conocerme mejor, y acepté encantado. Cuando llegué fui
recibido ceremonialmente, con mucha amabilidad, quizás excesiva. Pregunté por
mi novia y me dijeron que estaba cuidando a las dos niñas, pero que
regresaría enseguida, pues ya la habían avisado de mi llegada.
Al cabo de unos minutos, se presentó en compañía de las
dos pequeñas, para que las conociera y me conocieran, puesto que les
había hablado mucho de mí y les hacía mucha ilusión
conocer al novio de su “tata”, que así la llamaban.
Las niñas eran encantadoras, de temperamento inquieto, rubias, de ojos
azules como el cielo y una carita de princesas. Después de las presentaciones,
salieron a jugar al jardín mientras que mi novia se cambiaba de ropa,
pues había decidido que íbamos a salir a tomar el aperitivo a
la cafetería de la urbanización. Tuve la sensación, si
no la seguridad, de que tenía organizado presentarme a sus amigas y
quería “pasearme” por todo el lugar, para que la vieran
en mi compañía. Por supuesto, ¡las niñas también
venían con nosotros!
No es que me importara en demasía, pero no me parecía de recibo
que en mi primera visita a su casa, no pudiera estar a solas con ella, en cualquier
rincón, por lo que acepté, pero a regañadientes. No tardó mucho
en cambiarse de ropa. Dejó los pantalones vaqueros y las espadrillas
y se puso un vestido con vuelo y unos zapatos abiertos, de tacón. Cuando
salió, me dejó impresionado.
A todo esto, las niñas seguían jugando en el jardín pero,
sin la vigilancia de nadie, se habían puesto a jugar con la tierra y
se habían manchado toda la ropa, las manos, las piernas, la cara, el
pelo... En fin, que no habían dejado un solo centímetro cuadrado
sin manchar de tierra, barro y estiércol. Mi novia, cuando vio aquel
desaguisado, se puso furiosa. Lanzó un grito aterrador, que dejó paralizadas
a las niñas, se dirigió hacia ellas con paso firme y ligero,
regañándolas a voces mientras se acercaba a ellas, pues ahora
tenían que bañarse y cambiarse de ropa, lo que había alterado
considerablemente sus planes. Llegó hasta donde estaban las pequeñas
y sin pensárselo dos veces, echó mano a uno de sus zapatos, se
lo quitó violentamente y le sacudió cuatro o cinco zapatazos
a una y otros cuatro o cinco zapatazos a la otra.
En ese momento supe con toda certeza que si había algo que lograba
sacarle de sus casillas, de enfurecerla de verdad, era que los niños
se pusieran perdidos las ropas, sobretodo si iban salir a dar un paseo con
ella. Las cogió de una mano a cada una y se las llevó hasta su
casa, entre lágrimas y reproches continuos. A mí me ordenó que
la esperase y, visto lo visto, me callé y obedecí sin rechistar,
no fuera que yo pagase “los platos rotos”, como en alguna otra
ocasión.
La otra situación a la que quiero hacer referencia, se produjo durante
el verano del año siguiente, también en su chalet, en el transcurso
de otra visita mía, de fin de semana.
Por alguna cuestión familiar, su hermana mayor y su cuñado,
tuvieron que salir de Madrid durante aquel fin de semana y no les quedó más
remedio que dejar a sus hijos en casa de los abuelos. Los chavales tenían
cuatro y cinco años, respectivamente, y no se llevaban nada bien. Siempre
se estaban peleando y como la abuela ya se conocía la situación,
en cuanto se marcharon los padres, les advirtió severamente.
-No quiero ver que os peleáis en ningún momento. Os lo advierto
antes de que pase, para que luego no digáis que la abuela os ha pegado
con la zapatilla sin razón. ¿Me habéis entendido? Y ahora,
a jugar.
Los dos jovenzuelos aceptaron la advertencia de su abuela, poniendo cara de
circunstancias, como de “carnero degollado”. Aquella tarde no sucedió nada,
pero a la hora de acostarlos en la cama, se desató una batalla campal
entre hermanos. Hasta aquel instante se habían portado muy bien pero
al quedarse solos en la habitación, se ve que se despertaron sus instintos
infantiles.
No fue inmediatamente después de acostarse, sino a los pocos minutos,
que empezaron a jugar, amparados en la oscuridad y la distancia que separaba
la habitación dell salón.
Pero con lo que no contaban los diablillos era con la visita del abuelo al
cuarto de baño. El hombre, al pasar junto a la puerta de la habitación
escuchó unas risas y unos ruidos que llamaron su atención.
Abrió un poco la puerta y les dijo que se estuvieran quietos y que
se durmieran, haciéndose el silencio de inmediato. Aunque mi suegra,
la abuela de los niños, que tenía un oído especial para
estas cosas, escuchó los reproches de su marido y, desde el salón,
les gritó.
-¡Haced el favor de dormiros! ¡Como tenga que ir a la habitación,
os muelo el culo a zapatillazos! ¡No hagáis enfadar a la abuela,
que ya sabéis cómo se las gasta!
-¡Sí, “abue”! Ya nos dormimos. ¡No hace falta
que vengas! –Contestaron los pequeños desde la habitación,
con cierta ironía.
Por un instante, la paz y la tranquilidad reinaron, pero como no podía
ser de otra forma, enseguida se olvidaron de las advertencias y de que la puerta
se había quedado abierta, y continuaron con sus juegos. Mi suegra y
mi novia no paraban de relatar, cada vez más enfadadas.
Los ruidos y las risas se hicieron cada vez más potentes, hasta que
nadie pudo aguantar más. Como un resorte, la abuela saltó del
sofá, avanzó unos pasos en dirección al pasillo, se detuvo
para encender la luz y allí mismo se quitó una zapatilla, dirigiéndose
al dormitorio, con ella en la mano.
Todos estábamos mirando lo que hacía y vimos cómo empujó la
puerta de la habitación, bruscamente, y así, casi a oscuras,
se lanzó a por sus nietos, a los que había pillado saltando entre
las camas. Desde nuestro lugar, no se veía con gran nitidez, pero podían
distinguirse las figuras perfectamente en la sombra, y comprobamos la severidad
con que mi suegra era capaz de utilizar su zapatilla.
Ambos niños recibieron una severísima zurra de zapatillazos.
Los golpes retumbaban en las paredes y los gritos y llantos no tardaron en
llegar. No me paré a contarlos, pero no creo que les diera menos de
veinticinco o treinta zapatillazos a cada uno de ellos. Como digo, la azotaina
fue severísima.
Al finalizar, regresó a nuestro lugar, con una zapatilla bien calzada
y la otra, la utilizada en la azotaina, en chancleta. Se paró junto
a nosotros y acomodó su pie en el interior de la zapatilla, con la ayuda
del dedo índice, en una escena muy excitante, por los recuerdos que
me trajo. Ni siquiera me pasó por la imaginación hacer ningún
comentario. Continuamos con la velada y el asunto se dio por zanjado.
A primera hora del día siguiente, mi suegra recibió una llamada
de mi futura cuñada y se marchó durante todo el día, dejando
a mi novia al cuidado de sus sobrinos. Mi suegro también se quedó,
pues debía terminar de reparar un vehículo, para venderlo al
otro día. La mañana estaba resultando ser calurosa y nos dimos
un baño en la piscina. Los niños, mi novia y yo, la pasamos jugando
divertidamente en el agua.
Los momentos antes de preparar la comida, los pasamos tumbados en el césped,
a nuestras cosas, mientras que mi futuro suegro continuaba con sus quehaceres,
bajo la atenta mirada de uno de sus nietos. Mi novia, que no dejaba pasar ni
una, le advirtió a su padre que no permitiera a los niños acercarse
demasiado, porque no quería que se manchasen con la grasa de los coches.
El abuelo asintió, pero el niño...
Estábamos dándonos un “revolcón”, cuando de
pronto apareció el mayor de los niños absolutamente impregnado
en grasa negra y viscosa. Se detuvo frente a nosotros, llorando, como implorando
perdón por lo que le había sucedido. Al parecer, en un descuido
del abuelo, había metido las manos en un gran bote repleto de grasa
y después de resbalar, se había manchado por completo, pues el
bote se venció y cayó al suelo, junto con el niño.
Mi novia puso el grito en el cielo, me apartó de su lado con un empujón,
dio un brinco desde el césped y se fue a por su sobrino. Le gritó,
le regañó y le dio unos cuantos azotes con la mano; aunque, no
contenta con esto, le sujetó por un brazo y lo llevó hasta donde
estaba yo tumbado. Se agachó y recogió del suelo una de sus chanclas
de goma que había dejado a mi lado, y tras incorporarse, apretó al
niño contra sí misma, le sujetó con firmeza y la emprendió a
chanclazos con él, sin importarle ser manchada por la misma grasa.
Como el niño estaba en bañador y aún lo tenía
mojado, los chanclazos le hicieron retorcerse de dolor y escozor. Después
de los primeros diez o doce, las nalgas se le pusieron coloradas y, cuando
decidió que ya le había sacudido suficientes zapatillazos, después
de unos treinta o treinta y cinco, la suela de aquella hawaiana se le había
quedado marcada en varios lugares de sus muslos y nalgas, mezclándose
con los restos de la grasa.
El abuelo no se libró de la bronca y como no estaba dispuesto a discutir
con su hija, después de comer, se marchó a la cafetería
para tomar café y alguna que otra copita, mientras echaba una partidita
a las cartas con sus amigos. La hora de la siesta se presentaba muy atractiva.
Los niños fueron castigados y obligados a dormir la siesta en silencio,
lo que sucedió sin mayor complicación y mientras, nosotros dos íbamos
a hacer lo propio –o lo que se pudiese-, en una habitación aparte.
Yo me fui primero a la cama, mientras mi novia fregaba la vajilla, a pesar
de que le pedí que no lo hiciera. Cuando ya estaba a punto de dormirme,
la sentí llegar hasta la cama, noté cómo apoyaba sus rodillas
en el colchón y cómo dejaba caer al suelo, por su propio peso,
tras agitar los pies en el aire, aquellas chanclas de goma tan excitantes.
Se me acercó y me besó en los labios con cierta sensualidad,
lo que yo interpreté como una invitación. Me giré y respondí a
su beso con otro más apasionado, dejándose hacer y echándose
encima de mí; pero me apartó con cierta dulzura, como incitándome,
y se dio media vuelta, mostrándome su espalda desnuda, su cintura y
su culito respingón, a la par que acariciaba mis piernas con las plantas
de sus pies. Lentamente fue subiendo hasta mis rodillas, los muslos... Y yo
me dejaba hacer. Cuando sus pies alcanzaron mi escroto, cubierto por el bañador,
jugueteando hasta apartar la tela e introducirse en su interior, la erección
se hizo imponente y como no dejaba de acariciarme, no me pude contener.
Estaba excitadísimo e intenté darle la vuelta para corresponder
a sus caricias, lo que ella interpretó como un intento de penetrarla
y su reacción me frenó en seco. Muy malhumorada, me dijo que
no podía ser, que con los niños allí y con su padre, que
podría regresar en cualquier momento, no estaba dispuesta a que la pillasen
haciendo el amor, en su propia casa. Yo insistí y ella, en un arrebato
de furia, se giró hasta alcanzar una de sus chanclas del suelo, me volteó y
me bajó el bañador bruscamente, con tanta rapidez, con tanta
energía, y con tanta decisión, que cuando me quise percatar de
lo que estaba sucediendo, ya me había sacudido diez o doce chanclazos
en mis desnudas nalgas, que me hicieron retorcer de escozor y de placer.
Como no opuse resistencia, desahogó su furia conmigo, dándome
tantos zapatillazos como quiso, llevándome hasta el orgasmo. La eyaculación
fue brutal y el placer que me proporcionó: ¡Extraordinario, sublime!
...Y me casé con ella. Pero nuestro matrimonio estaba destinado al fracaso.
Después de año y medio, nos separamos, para divorciarnos algo
más tarde. Las continuas incursiones de mi suegra, inmiscuyéndose
en nuestra vida de pareja, junto a sus continuados intentos de dominarme, tanto
mi mujer como mi suegra, me obligaron a renunciar a unos placeres lujuriosos.
Abrí los ojos, abrí la mente y comprobé con gran dolor
que no estaba enamorado de ella. Que sólo buscaba el placer prohibido
y que no estaba dispuesto a ser dominado, si no era en un juego erótico
y sensual.
Han pasado muchos años y aún la hecho de menos...
Nombre
Comentario