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Fecha: Domingo, 17 Diciembre 2006 « Anterior | Siguiente » en Sadomaso

sado: Los desahogos de mi vecina

Anonimo
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PreA¡mbulos

De que mi vecina Angelines sentA­a placer cuando azotaba a los niA±os con una zapatilla, ya no habA­a duda.

No estoy muy seguro de que su marido la maltratara, pero no se llevaba bien con él y después de cualquier discusión, buscaba la forma de provocar situaciones en las que los niños hicieran travesuras, para luego poder desahogarse con ellos, procurando estar
ella sola para no ser observada. De esa manera podía desarrollar sus instintos
y desviaciones sexuales, a costa de los más pequeños.



Hubo una temporada, a comienzos del verano, en la que mi madre debía
ausentarse dos veces en semana, para acudir al médico y recibir un tratamiento
especial para sus dolencias. Durante su ausencia, siempre nos dejó bajo
el cuidado de nuestra vecina, lo que ésta aceptaba de muy buen grado.




Mi vecina, según contaba ella, dedicaba su tiempo de ocio a realizar
trabajos manuales de macramé, pero necesitaba estar sola, sin que nadie
la molestara, motivo por el que muchas de aquellas tardes, enviaba a sus tres
hijos a nuestra casa, para que todos durmiéramos la siesta, juntos.
Puede que en un principio fuera así, aunque ya se sabe que si se tienta
al diablo... Como es de suponer, todos estábamos encantados por el hecho
de tener compañeros distintos de juego y a nadie se le escapa la idea
de que tantos niños juntos, solos en una casa, sin que alguien les contenga,
lo único que harán será divertirse ideando nuevas travesuras.
Y eso era lo que sucedía. De ahí mi duda ante los verdaderos
motivos que tenía mi vecina para juntarnos.




El tratamiento de mi madre sólo duró un mes, pero fue uno de
los más extrañamente deliciosos que recuerde. Dos veces por semana,
se me presentaba la oportunidad de ser testigo y receptor de alguna azotaina
con la zapatilla de mi vecina y el solo hecho de pensarlo, me excitaba. Su
técnica era siempre la misma, cuando se marchaba mi madre, ella se quedaba
un rato con nosotros, hasta que nos despojábamos de la ropa y nos metíamos
en la cama, en ropa interior. Una vez hecho esto, desde el umbral de la puerta
de la habitación, la señora Angelines, se quitaba una zapatilla
y con la suela de ésta hacia arriba, la blandía en el aire, haciendo
un gesto rotativo, amenazante, con la mano que la sostenía.




- ¿La veis? Ya sabéis la que os espera si no os dormís
enseguida ¿verdad?




- ¡Síii! -Contestábamos todos al unísono-.




- ¡Bueno! Pues si no queréis probarla, como de costumbre, os quedáis
quietecitos y a dormir. Como escuche un solo ruido, subo con la zapatilla y
os caliento el culo a todos. ¿Os habéis enterado? ¡Ala,
a dormir!




Dicho esto, dejaba caer la zapatilla al suelo y se la calzaba lentamente, mientras
nos observaba con malicia. Su primera mirada, al igual que la última,
me la dirigía a mí. Ya me conocía, por eso, cuando nos
quitábamos la ropa, excitado como me encontraba, se las ingeniaba
para acariciar con disimulo mi erguido pene, con la excusa de acelerar mi
entrada en la cama. Sus gestos, ver cómo se descalzaba, sus amenazas,
sus miradas lascivas, observar cómo caía su zapatilla y el
ruido que provocaba al chocar contra el suelo, todos aquellos preámbulos,
me enloquecían sexualmente y ella lo sabía desde hacía
tiempo, por mucho que yo hubiera intentado ocultárselo.




Casi todas las tardes de aquel verano fueron especialmente eróticas.
Cuando mi madre no acudía a la consulta del médico, citaba a
las vecinas para tomar café, en la salita de estar de la casa, después
de las comidas. Fueron unos momentos deliciosos. Del mismo modo que hacía
cuando hablaban por teléfono, primero las observaba desde una ligera
abertura de la puerta y después me sentaba durante un rato con ellas,
para observarlas de cerca. Solían ir ligeras de ropa, con una bata muy
fina por encima de la ropa interior, y en zapatillas. Las escenas que se producían
estando ellas sentadas, unas frente a las otras, despreocupadas, entrelazando
las piernas desde las pantorrillas hasta los tobillos, ligeramente inclinadas
hacia un lado, dejando libertad de movimientos para uno de los pies, relajándose,
y permitiendo que la zapatilla que lo contenía se deslizara suavemente
hacia el suelo, dejando al aire y ofreciendo a mi vista el pie desnudo, su
planta y los jugueteos de sus dedos para intentar alcanzarla, o el roce continuado
del empeine con la pantorrilla, como acariciándose, eran escenas que
me enloquecían.




Después de esto, mi vecina Angelines, sabiéndose observada por
mí, y que andaba provocándome a la menor oportunidad que se le
presentaba, me incitaba a mirarla intencionadamente. Se agachaba para recoger
la zapatilla suelta, la acercaba hasta su desnudo pie, con la mano, mientras
me miraba con el rabillo del ojo, la soltaba e introducía en ella el
pie, lentamente, recreándose en el movimiento, sonriendo en su interior
para, acto seguido, cambiar de postura. Levantaba suavemente una de sus piernas,
dejando entrever, a propósito, su lencería coloreada, la cruzaba
sobre la otra y dejaba colgar el pie, balanceándolo lascivamente. Posteriormente,
se cercioraba de que la seguía observando -aunque yo disimulara- y agitaba
su pie, con cierta energía, consiguiendo que la zapatilla rebotara una
y otra vez, a modo de chancleteo, en el aire, ofreciéndome la escena
con astuta malicia.




Ese balanceo de su zapatilla golpeando contra la planta del pie, elevaba mi
ardor hasta cotas insuperables. Provocaba mi excitación en grado sumo,
inflando el miembro del adolescente que la observaba. Ella me miraba atentamente.
Dirigiendo su mirada hacia mi entrepierna, acariciaba su pantorrilla con
total normalidad, llegando su mano hasta el pie bailarín en absoluta
naturalidad y, después de masajearlo y acariciárselo, con gran
disimulo, acercaba su dedo índice hasta la comisura de sus labios,
lo besaba con sensualidad, soplando levemente en mi dirección, para
hacerme llegar a través del aire el resultado de aquel beso. Soltaba
una sonrisa de complicidad y me hacía guiños con los ojos.
Sin duda alguna, sabía muy bien cómo excitarme y, la presencia
de otras mujeres -entre ellas, mi madre-, le daba un morbo especial a la
situación, del que ella participaba y disfrutaba tanto como yo. La
consecuencia de todo era que me fuera al cuarto de baño y me masturbara.
En más de una ocasión, saliendo del aseo, me he topado de bruces
con mi vecina que había permanecido escuchando tras la puerta. Eso
le excitaba más aún y a mí me enrojecía de vergüenza.




Además de aquellos gestos, solían charlar de muchos temas femeninos
pero, no sé cómo se las apañaban, que casi siempre terminaban
hablando de los niños, de lo mal que se portaban, de lo que hacía
una o la otra, de si "hoy le he dado una buena con la zapatilla al mediano..." "Pues
yo he tenido que zurrarle a las dos, siempre se están peleando, así que
me he quitado la zapatilla y les he puesto el culo colorado. ¡Menudos
saltos daban...!" "No, si está claro que como no les des unos
buenos zapatillazos, se ríen de ti. Por eso, yo, en cuanto veo que empiezan
con las tonterías, me quito la zapatilla y les sacudo a base de bien.
De mí no se ríen éstos. En mi casa, ya temen a la zapatilla.
En cuanto me ven con ella en la mano, salen corriendo... Peor para ellos: cuanto
más corran, más zapatillazos y más fuertes les doy..."




Tantas insinuaciones, tantos gestos, tantas situaciones comprometidas, tanto
morbo, tantas provocaciones, tantos roces, tanta excitación, tanto
erotismo escondido, tantas azotainas eróticas, tuvieron un desenlace
inevitable. Tanto va el cántaro a la fuente...


Las consecuencias



Aquella tarde, no estuve en casa a la hora de la siesta porque, como pertenecía
al grupo de teatro del Instituto y faltaba poco tiempo para nuestra representación,
estuvimos ensayando un par de horas. Cuando regresé a casa, subiendo
ya las escaleras, en la lejanía, se escuchaban unos llantos y algunas
voces. Sin lugar a dudas, alguna madre le había dado su merecido a
alguno de sus hijos, probablemente, por no querer dormir la siesta pero,
como aquello era algo habitual, no le di la menor importancia y continué subiendo
las escaleras.




Cuando solo me faltaba un piso por subir, volví a escuchar lo mismo,
pero esta vez se escucharon también algunos golpes, típicos de
azotes con una zapatilla e inconfundibles. Me detuve un instante y escuché cómo
se cerraba una puerta. Parecía la puerta de mi casa y subí hasta
el último rellano. En el momento de doblar la esquina del descansillo,
mi vecina, Angelines, acababa de cerrar aquella puerta y eso me frenó en
seco. Retrocedí un paso, quedando oculto, a hurtadillas, tras el último
recodo de la escalera.




Desde aquella privilegiada posición, pude observar con detenimiento,
sin ser visto, todos los gestos y movimientos de mi vecina. Mantenía
la frente apoyada en la puerta, como ausente, mientras que alzaba su brazo
derecho, semi-extendido, con la palma de la mano apoyada también en
la madera de la puerta, a la altura de su barbilla. El brazo izquierdo lo mantenía
relajado. El cuerpo lo apoyaba sobre su rígida pierna izquierda, a la
vez que mantenía flexionada la derecha, rozando la rodilla con la puerta,
con el pie derecho apoyado sobre sus propios dedos, levantando la planta del
pie, que reposaba en la parte trasera de su zapatilla.




Su media melena, cuasi negra, ligeramente ondulada, le caía sobre el
rostro ocultando parte de su cara. Vestía una bata de color rosa hasta
las rodillas, abrochada con botones por delante, de tela muy fina, traslúcida,
que permitía el paso de los rayos de luz provenientes del gran ventanal
en que finalizaba la escalera, dejando entrever su colorida lencería
y la silueta de un cuerpo muy atractivo. Sus largas y torneadas piernas, estaban "rematadas" por
unos pies bien formados, casi de ensueño, que descansaban sobre unas
chinelas de rojo intenso. Aquella visión celestial, me dejó petrificado.
Con lo que aquella mujer me atraía ¿cómo no me había
fijado antes en su cuerpo?



Realmente, disfrutaba observándola. Ella, ajena a la situación,
ausente, sin percatarse de mi presencia, se mantuvo durante unos instantes
en la misma posición. ¡Sabe Dios lo que estaría pasando
por su cabeza! Transcurrido ese lapso de tiempo, giró suavemente su
cabeza, hasta acercar el oído, deteniéndose con atención
a escuchar los ruidos que provenían desde el interior de mi casa. El
semblante le cambió. Lascivia y lujuria, mezcladas con malicia, fueron
las expresiones de su rostro. Giró todo su cuerpo, dejándolo
a la inversa de como lo había mantenido. Ahora era su nuca la que descansaba
sobre la puerta, inclinada hacia atrás.




Su mirada perdida, no auguraba nada bueno para los productores de aquellos
ruidos. Inspiró profundamente, manteniendo el aire sin expulsar durante
unos segundos. Expiró resoplando, se incorporó, dio media vuelta,
levantó su pie derecho hacia atrás, doblando la rodilla, acercó su
mano derecha hasta el tacón de su chinela, lo asió con firmeza
y la extrajo, como desenfundando un arma, lentamente, dejando al descubierto,
descalzo, su pie derecho. Con la otra mano, abrió la puerta sigilosamente,
irrumpiendo en el interior de la casa con tanta decisión que olvidó cerrarla,
facilitándome el acceso, sin necesidad de llamar al timbre.




Ya estaba tan excitado, que no podía permitirme el lujo de perderme
el festival de zapatillazos que se avecinaba en el interior de mi casa. Alcancé el
final de la escalera con gran rapidez, aunque temeroso de ser descubierto.
Pasé al interior detrás de ella pero, estaba tan absorta en su
cometido que no se dio ni cuenta de mi presencia. La seguí hasta la
habitación en que se encontraban mis dos hermanos y dos de sus hijos
y me quedé muy cerca de la puerta, sin llegar a entrar, para presenciar
el espectáculo. Los pequeños estaban saltando de una cama a otra,
golpeándose con las almohadas, dando brincos y gritando, los mismos
gritos y saltos que darían inmediatamente después, cuando fueron
alcanzados por la zapatilla de mi vecina.




Parecía encontrarse fuera de sí. Le daba tres o cuatro zapatillazos
a uno y, de inmediato, era otro el que los estaba recibiendo. Así estuvo
durante un buen rato, soltando zapatillazos a diestro y siniestro, de un lado
hacia otro, enloquecida con el desarrollo de la situación, disfrutando
con ello. Hasta que en uno de sus giros se detuvo y me vio. Con tamaño
espectáculo y tan excitante preámbulo, me había echado
mano a la entrepierna, sin reparar en la posibilidad de ser cazado in fraganti
por lo que abultaba mi falo en el interior del pantalón, quizás
con el ánimo inconsciente de una masturbación.




Ella no esperaba, ni por asomo, haberse visto sorprendida en la tarea de darles
un severo correctivo de zapatillazos a aquellos diablillos y se quedó paralizada,
perpleja como yo, al verme allí, mirando, y en tan extraña
situación, a punto de introducir mi mano en el interior del pantalón,
a través de la bragueta abierta.




-¿Qué haces ahí? ¡Qué estás haciendo!
-Me gritó, horrorizada-.




Inmediatamente, saqué la mano de donde la tenía, sin poder articular
palabra. Ella se acercó hasta mí, con paso firme, y me recriminó enérgicamente.

-¿Qué estás haciendo?¡Sinvergüenza!




-Yo, yo... ¡Nada, nada!



Me había pillado en una posición comprometedora, elevando su
instinto sexual, como después pude comprobar.




-¿Nada? ¡Sal inmediatamente de aquí! En cuanto acabe con
estos, hablaré contigo muy en serio. ¡Márchate a mi casa
y espérame dentro! ¡Toma las llaves!




Me entregó las llaves de su casa y continuó con su tarea como
si nada. Me quedé estático durante un instante, viendo cómo
azotaba a los pequeños con aquella vieja zapatilla, sin comprender muy
bien lo que pretendía enviándome a su casa.




-¿Qué estaría tramando? -Pensé- ¿Qué maquinación
se le habrá ocurrido ahora? ¿Pensará azotarme a mí también?
Bueno, si lo hace, sus zapatillazos no me dolerán mucho. Estará fatigada
y eso prolongará el placer. Pero ¿qué estoy pensando?
Será mejor que obedezca.




Con esa incertidumbre y con desagrado, abandoné mi casa y me dirigí hacia
la suya. Una vez dentro, me senté en el sofá del salón
a esperar acontecimientos, intranquilo y nervioso. Impaciente, quizás.
No imaginaba lo que me esperaba pero pronto iba a salir de dudas. Al cabo de
unos cinco minutos, más o menos, sonó el timbre de la puerta
y la abrí. Era ella, mi vecina, más hermosa que nunca. Fatigada
y sudorosa por el esfuerzo, pero con una mirada penetrante, fija, lasciva...




-Muy bien, jovencito. Ahora tú y yo vamos a hablar muy en serio. -Me
dijo mientras entraba en la casa- Déjame paso y cierra la puerta. -Me
ordenó, enérgica-




Obedecí sin rechistar, cerré la puerta y esperé junto
a ella las nuevas órdenes.




-¡Pasa a mi habitación y vete quitando la ropa!




-¿Qué?




-¿Estás sordo o qué te pasa? ¡Que te desnudes!




-Pero... ¿Por qué?




-¡Entras en mi habitación, te desnudas y me esperas! ¿Tan
difícil es? ¡¡Obedece!!




No salía de mi asombro. Agaché la cabeza con un gesto de sumisión
y aceptación y comencé a cumplir sus órdenes, una por
una, sin saber a qué estábamos jugando. Ella entró en
el aseo para refrescarse, supongo. En un periquete, salió del baño
y se dirigió hasta mi lugar. Entró en la habitación, se
paró un instante, se dirigió hasta la cama y se sentó en
ella, adoptando una postura altanera, pero extraña para mí. Me
miraba fijamente a los ojos con una mirada mezcla de vicio y malicia. Parecía
estar tramando algo nada bueno. Yo me había despojado de la ropa, tal
y como me había ordenado instantes antes, pero me había dejado
puestos los calzoncillos porque me daba vergüenza mostrar mis partes íntimas.
Ella sonrió de la misma manera que lo hacía cuando me provocaba
a la hora del café. Cruzó sus piernas frente a mí, mostrándomelas
en todo su esplendor. Sus muslos, casi perfectos, se dejaban ver a través
de la abertura de la bata. Sus pantorrillas, prietas y firmes, comenzaron un
baile sensualmente provocador. Las manos las apoyaba sobre la cama y su pie
derecho comenzó a balancearse, provocando el rebote de su zapatilla
en la planta del mismo. Esa postura, aquel movimiento y el sonido que producía
su zapatilla, al golpear su pie repetidamente,avivaron el fuego de la pasión
que llevaba dentro. El miembro comenzó a crecer, separando la tela de
mis calzoncillos, pretendiendo que el glande asomara por arriba. Ese pareció ser
el momento que ella estaba esperando.




-Te gusta ¿verdad? A que te gusta.




-¡No! ¡No sé! ¿Qué...?




-No me engañes. Sé que te gusta. ¡A que sí!




-¡Sí! ¡No! ¡Bueno, yo...!




En ese instante, con su mano izquierda, inclinándose hacia delante,
alcanzó la zapatilla de su pie derecho, se descalzó lentamente
y la cogió fuertemente con su mano derecha mientras que con la izquierda
me sujetó los calzoncillos, por sorpresa, atrayéndome hacia sí y
dándome cinco o seis zapatillazos en los muslos, que me hicieron saltar
y gritar.




-¡No grites! Sé que te gusta. A mí no me engañas.




Me agarró con fuerza por la cintura y empujó mi cuerpo contra
el suyo hasta tenerlos pegados como lapas y continuó azotándome
con su roja chinela, sin que yo pudiera hacer nada para zafarme de aquella
presa. Mi pene se hinchó más y se salió de la ropa interior.
Ella lo notó con su mano izquierda, mientras que con la otra continuaban
los zapatillazos. Ahora comprendo la igualdad que existe entre el dolor y el
placer. La comunión de los dos conceptos. Esa delgada línea que
separa lo uno de lo otro, dejó de existir. Sencillamente, despareció.
Y empecé a disfrutar del dolor y del placer que me producían
sus zapatillazos y sus movimientos, al compás de la azotaina.


Hacía tiempo que había dejado de ser un niño, sin dejar
de serlo. En pocos meses había dado un estirón espectacular hasta
alcanzar los 170 centímetros de estatura. Estaba camino de cumplir los
trece años y ya era todo un hombrecito. Muy guapo, a decir por las chicas
y las mujeres. Además, practicaba deportes como Judo, natación,
gimnasia y baloncesto, lo que le daba un aspecto muy atlético a mi cuerpo,
que lo hacía atrayente para el sexo femenino. Al menos eso decían
ellas a mis espaldas. Con estos antecedentes y la grandísima excitación
de mi vecina, logrando que eyaculara en medio de aquella "paliza",
lo que aconteció después jamás podré olvidarlo.




Ella se encontraba fuera de sí, alborotada y eufórica al ver
la marca húmeda de mis calzoncillos. Siguió y siguió azotándome
con su roja chinela consiguiendo mantener mi erección y prolongar la
excitación en ambos. De pronto, los zapatillazos cesaron, soltó la
zapatilla, dejándola sobre la cama y me abrazó efusivamente con
gran fuerza, comenzando a besarme locamente, apasionadamente...



Yo estaba en el paraíso. Había pasado del infierno al purgatorio
y ahora, la Gloria me abría sus puertas. El Edén de las Escrituras
se quedaba corto ante aquel estado de felicidad.




Ella continuó, mientras me bajó los calzoncillos y, casi arrancándolos,
los lanzó al aire. Inmediatamente se dejó caer en la cama obligándome
a caer encima de ella. Ante semejante situación, este neófito
se quedó perplejo y ella, retomando la zapatilla que había dejado
sobre la cama, azotó mis nalgas de nuevo, en la misma postura en la
que nos encontrábamos y con una violencia extraordinaria. Me dio una
orden que no puedo reproducir aquí y ante mi extrañeza replicó:




- O lo haces, o te doy la mayor paliza que nadie te haya dado. ¡¡Obedece!!
-Me ordenó, mientras azotaba mis muslos con aquella chinela-.




Ya no soportaba más aquellos zapatillazos y obedecí de inmediato
y con rabia su mandato, lo que la excitó aún más, provocándome
un éxtasis superlativo. El vaivén de su cintura actuó como
una vieja locomotora de vapor, comenzando lentamente, soltando aire y vapor
pausadamente, para continuar un aumento paulatino de su velocidad, comedido,
calculado, sabio, al que yo respondí con inercia, emulándola
en cada momento. Su entrecortada respiración pasó a convertirse
en jadeos espasmódicos, para terminar en gritos prolongados de placer.




La más profunda de las emociones carnales, el placer más lujurioso
que jamás he sentido, lo obtuve en aquella ocasión en que fui
azotado por última vez, por la zapatilla de mi vecina Angelines...














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