
A los diez años de feliz matrimonio, de morboso y ardiente sexo, mi mujer y yo nos encontramos en esa situación tan común en las parejas en las que el sexo es primordial: el deseo de hacer realidad las fantasías, que normalmente consisten en que la mujer quiere probar otra polla y el marido quiere que así sea y, mejor aún, quiere contemplarlo.
Me he dado cuenta que, en realidad, en la mayoría de las veces, la esposa desea que la follen delante del marido, digo "que la follen", no que desea follar, hay una sutil diferencia. Por otra parte, salvo excepciones, que las hay, las mujeres simplemente admiten que sus maridos follen con otras si existe una relación con otra pareja. Todo esto ocurre, sobre todo, al principio de las relaciones con terceros.
Pues bien, mi mujer y yo hablamos sobre ello, decididos a llevarlo a cabo, pero tropezamos, durante meses, con la dificultad de hallar el modo de relacionarnos con otra pareja, sin que los medios aparentemente "normales" nos gustaran (anuncio, visita a club de intercambio, etc). Como fisiológicamente estábamos satosfechos, no había prisa.
A principios del mes de Junio pasado, con motivo del nombramiento de Director General de uno de mis jefes, al que había solventado algún que otro problema técnico, fuimos invitados a una cena en un restaurante italiano (la empresa para la que trabajo es de capital mixto italo-español).
A la mesa seríamos unas cincuenta personas, entre hombres y mujeres y, tratándose de italianos, la mayoría, el ambiente era elegante y... sujestivo.
Nos sentamos al lado de una pareja algo mayor que nosotros; con él habría hablado cuatro o cinco veces nada más, pues se trataba de un asturiano dueño de una pequeña empresa fabricante de componentes, suministradora nuestra; era persona ligeramente fornida y, según me dijo mi mujer, al conocerle, atrayente; su mujer, aunque madurita, ambos andarían por los cuarenta y siete o cuarenta y ocho años, tenía un buen cuerpo y un buen par de tetas.
La cena transcurrió como suele acaecer en tales casos y, al finalizar, cuando nos despedíamos, nuestro Director de Compras se acercó e invitó a Juan. el asturiano, a ir a su casa a tomar una copa y, de paso, nos dijo a nosotros que fuéramos también. Yo tenía poco trato con él en la empresa, así que dudé, pues habíamos ido en taxi, por no andar por Madrid con el propio coche, paro los asturianos nos animaron diciéndonos que nos llevarían ellos. Aceptamos porque, además era viernes y al día siguiente no había ue madrugar.
Vivía el tal Director de Compras en un chalet de la carretera de Burgos y nos encontramos en ese sitio unas diez parejas, todas italianas como el anfitrión, a excepción de un químico y su mujer, los asturianos y nosotros mismos.
Había un ambiente muy agradable y observé que, entre las parejas, había una gran confianza y hasta intimidad. Las mujeres eranelegantes y atractivas, unas más que otras, claro, y vestían como suelen las italianas "de nivel": con elegancia y con atrevidas sugerencias; mi mujer no era menos: un vestido negro un tanto traslúcido con una abertura en la falda y un escote en pico mostrando el canalillo y los bordes de los pechos que podía considerarse dentro de los cánones imperantes en la reunión.
Cuatro hombres y una mujer emprendieron una partida de póker y, los demás nos repartimos por los tresillos de la sala. Mi mujer charlaba con la asturisna y otras y yo con Juan y un colega italiano. Observé asímismo cómo en un rincón había una pareja muy amartelada con la mano de él en las piernas de ella, la cual yo sabía que era la mujer de uno de los que jugaba la partida. La verdad era que las mujeres estaban sentadas de manera informal, mostrando más de lo que sus vestidos dejaban ver en posición normal.
Casi a las dos de la madrugada, le pregunté a Juan que hasta qué hora pensaban quedarse, contestándome que cuando quisiéramos nos iríamos, interviniendo uno de los contertulios para preguntarnos, con cierto asombro, si no nos quedábamos al cambio de llaves.
Dije a Juan que qué era eso y me respondió que, al final de la reunión, se metían las llaves de las viviendas en un cajón y que las mujeres sacaban cada una una llave yéndose con el dueño de la misma.
(Los diálogos que citaré, si no son exactos, sí son aproximados y fieles al sentido original).
- A¿No os apetece?
- Tendré que preguntarselo a mi mujer. A¿Qué hacéis vosotros?
- Lo hemos hecho un par de veces, pero seguimos prefiriendo hacer juntos lo que sea.
- Eso opino yo... por ahora.
- Si queréis venir a casa a pasar un rato... a Amelia le encantaría.
- Se lo preguntaré a Lucía.
Me levanté y me dirigía al otro lado del salón, donde estaba mi mujer de cháchara con Amelia y un par de mujeres más, amén de cuatro hombres. Le hice una seña, se levantó y se acercó.
- Al final de la reunión meten las llaves de casa en un cajón, las van sacando las mozas y cada una se va con el que le toque. A¿Te apatece, cariño?
- A¿Tú quieres?
- Ya sabes que estoy deseando que prruebes otra. Por otra parte, Juan me ha dicho que si queremos ir a su casa.
Lucía me miró, sin decir nada.
Le acaricié una teta oasando el dorso de mi mano por encima del vestido.
- A¿Te gusta Juan?A¿Te apetece follar con él?
- No me desagrada, resulta atrayente. Y Amelia A¿te gusta?.
- Tieene un buen polvo. Pues vamos con ellos.
- A¿Estás seguro?
- Estoy deseando ver cómo te follan.
La besé en los labios y le acaricié el culo, volviendo cada uno a su sitio.
- De acuerdo, cuando quieras nos vamos, pero quiero devirte que mo tenemos experiencia, que somos novatos en relaciones de este tipo.
Juan sonrió y, poniendome la mano en el antebrazo, me confió:
- Nosotros también tuvimos una primera vez y, ahora, ya ves, preferimos follar a la vez, siempre me gusta ver a mi mujer disfrutando. Supongo que te pasa lo mismo.
- Bueno, Lucía no ha estado con otro hombre y quiere probar y yo creo que tengo mucho morbo y me excita el hecho. Por lo demás - añadí - tu mujer es muy apetecible.
- Sí, señor - rió - está muy buena y te aseguro que es muy calentorra, como buena asturiana. Vámonos.
Nos despedimos informalmente de los demás que nos dijeron que cómo no esperábamos a las llaves.
Nos acomodamos en el coche de Juan, Lucía a su lado y Amelia y yo detrás.
Ví que Juan, cuando la conducción se lo permitía, le acariciaba con la mano derecha el interior de los muslos a mi mujer, lo cual me puso ya la polla disparada, así que le pasé el brazo por los hombros a Amelia, atrayéndola hacia mí y besándola metiéndole la lengua, yendo mi mano a sus tetas a través del escote. Noté sus pezones tiesos y no tardé en meter mi mano por la entrepierna, notando cómo abría los muslos. Tenía la braguita húmeda y enseguida empezó a susurrar "así, así, acaríciame el coño".
No dió tiempo a mucho más, pues vivían muy cerca de la plaza de Castilla.
Metió el coche Juan en el aparcamiento del edificio y, cogidos de la cintura, besando él a Lucía y yo a Amelia, subimos en el ascensor y entramos en su casa, la cual apenas pude ver en ese momento, porque Juan dijo:
- Vamos al dormitorio que creo que tenemos ganas de follar.
El dormitorio tenía una cama enorme. Lucía me miró y yo, acercándome a ella, la besé en los labios, eché a los lados las dos tiras de los hombros y tiré del vestido hacia abajo, quedando desnuda, solo con una braguita negra. Yo estaba ya que no podía más. Mientras Juan se había desvestido, tenía una polla contundente y se acercó a Lucía diciendo
- Déjame a tu mujer, que te la voy a follar bien follada. Y ocúpate de esa puta que tengo por mujer y que nunca tiene bastante con las pollas que se mete.
Cogió de la cintura a Lucía y la tumbó sobre la cama, manoseandole las tetas y morreándola. Me volví a Amelia y se estaba quitando el vestido; la ayudé y seguidamente tiré de su braga que era transparente.
- Vamos, cabrón.
Se tumbó en la cama, al otro lado de mi mujer, pero con los pies en la cabecera.
- Así verás mejor cómo Juan le mete la polla a Lucía - dijo riendo y cogiéndome la polla - A¡Qué dura está, cabrón!
Miré a los otros al oir un gemido de mi mujer; Juan le había metido los dedos en el coño y ella tenía su polla en la mano pajeándola. Su mujer y yo les imitamos y, al cabo de un rato, sobre la respiración entrecortada de los cuatro, sobreslieron los gemidos de ambas. Ví cómo juan levantaba laaas piernas de mi mujer y, poniéndose delante, dijo:
. Mira cómo le meto la polla a tu mujer, que va a ser tan zorra como la mía.
Acercó su pelvia al de ella y le metió la polla en el coño, mientras Lucía dió un fuerte gemido, repitiendo cada vez más fuerte según recibía los empellones. Yo no pude aguantar más y le metí la polla a Amelia, moviéndome como un loco; todo fueron desde ese momento gemidos, gritos y palabrotas. Amelia se arqueaba como una posesa, pidiéndome que le llenara el coño de leche. Oí unos fuertes gritos de Lucía y Amelia me gritó
- Que me corro, vacía los huevos, cabronazo.
Me corrí llamándola puta.
Nos quedamos en silencio un rato y, de repente, empezamos a reirnos, sin saber por qué.
- A¡Qué buen polvo!, Chico, esta hembra tuya se merece todas las pollas del mundo. Amelia, A¿te ha jodido bien?
- Para ser la primera vez me ha sacudido bien.
Me incorporé y aproximé la cabeza a la de mi mujer, besándola los labios. Me pasó los brazos alrededor del cuello y me musitó en el oido:
- Te quiero.
Siguió un largo silencio en el que nos quedamos medio dormidos. Volví en mí al oir un gemido de Lucía. Juan le estaba acariciando suavemente el coño y ví que tenía la polla en erección. Yo creo tener una buena polla, gorda, pero Juan la tiene igual de gorda, pero más larga. Me había quedado tumbado al lado de mi mujer así que le acaricié los pezone, lamiéndoselos después. Amalia, entonces, se pasó al lado de su marido, siempre con los pies hacia la cabecera, y le pajeó la polla, mientras él seguía acariciando el coño de Lucía. Se me volvió a poner dura la polla al aumentar los gemidos de mi mujer que, alargando la mano, me cogió la polla. Oí unos gemidos de Amelia y mirándola ví que seguía pajendo a Juan, pero, con la otra mano, se había metido un grueso consolador salido no sé de dónde. De repente Lucía se indorporó y se colocó a los pies y se metió mi polla en la boca. Yo me puse a punto de caramelo; intervino Juan y aproximó su polla a la boca de mi mujer.
- Ahora a mí, zorrita.
Se dedicó entonces Lucía a mamársela. Yo me puse detrás de ella y mojando los dedos en su vagina, llena aún de la leche de Juan, le unté el culo y le metí despacio la polla por el ano, hast que entró del todo. Se quejó un poco pero, como me contó después, le excitó mucho. Yo había ideado una doble penetración y, sin sacarla, le hice girar y ponerse encima de mí de espaldas, manoseándole las tetas.
- Juan, métesela en el coño.
- Voy; tu mujer está hecha una putilla, pero va a salir de aquí hecha toda una guarra.
Le metió la polla con un leve quejido de Lucía, que se concertiría después en desesperados gemidos, mientras Juan le embestía. Yo que notaba la polla de Juan contra la mía, apenas me movía porque no podía aguantarme. Al rato, Lucía se retorció, yo no pude aguantarme más y me corrí, pero Juan coincidió y los tres tuvimos juntos como una descarga.
- A¡Hostias! - exclamo Juan - la próxima vez se la metemos a mi mujer, que también tiene derecho.
Amelia se había sacado el consolador y estaba sentada en el borde de la cama.
- Y tanto, que me gusta mucho.
Dormimos hasta tarde y desayunamos a las once de la mañana. Después cumplimos con Amelia.
De momento, no cuento más. Más adelante narraré más de nuestras relaciones con Juan y Amelia, así como las vacaciones en Barbate e Ibiza, en las que mi mujer ya no quería probar otra a más de la mía, sino que aprovechaba o aprovechámos todo lo que se nos cruzó.
hola me gustan estas historias por que uno puede aprender de mucha gente me gustaria contarte mi historias calientes mi msn es rincon_chido@ cuando quieran les cuento feliz año nuevo que sean muy felizes este 2008.
a este relato no le entendi ni madre
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