
Mi mujer me ha pedido que narre algunas anécdotas de nuestra vida, influida por la lectura de los relatos que aparecen en RELATOS7, en algunos de los cuales se cuentan cosas que se asemejan a nuestras propias experiencias.
Los dos somos ya de cierta edad, mi mujer 60 y yo 64 años, aunque nos conservamos muy bien, pues aparentamos unos cuantos años menos. Seguimos enamorados y dándole al sexo lo que podemos, que A¡ay! no es como antaño, ayudados por los recuerdos y por las pelis porno y, además, por las lecturas de relatos.
-A¿Por donde empiezo?
-Por la primera vez, por lo del morenito.
(Los diálogos son "casi" exactos).
Se refiere mi mujer a un mes de Septiembre, hace treinta año. Estábamos pasando unos días en Los Caños de Meca, junto al Cabo Trafalgar. Era la cuarta vez que íbamos y, entonces, solo había una pequeña urbanización en la cual alquilábamos un apartamento, sin que hubiera más que algunas casitas, algún chalet, un par de restaurantes y algunas ventas diseminadas por el interior. En esta ocasión habíamos llegado el día anterior y, esa mañana, fuimos al pié del acantilado que hay, a la playa que tiene rincones de arena entre rocas y en donde se podía hacer nudismo. Solo había alguna pareja y un chico al que saludamos, porque le conocíamos de otros años y que llevaba siempre una cinta atada en la base de la polla, su perro llamado Hércules, que nos dió a mi mujer y a mí un par de lengúetazos en el sexo; siempre le habíamos visto acompañado de alguna moza, la del año pasado con unas tetas impresionantes, pero esta vez se hallaba solo.
Estábamos echados en las toallas, disfrutando del sol, cuyo calor en esa época es suavizado por la brisa, cuando llegó cerca de nosotros un hombre de nuestra edad, moreno; vestía un pantalón veraniego y una camisa de manga larga, calzando zapatos de lona y calcetines, un tanto elegante sobre todo para el sitio. Extendió una toalla que traía enrollada y se desnudó, sentándose después en la toalla.
-A¡Qué mono es! - exclamó mi mujer.
-A¿Te gusta el mozo?
-Está muy bien.
-A¿Te gustaría follar con él?
-No diría que no.
Conversaciones así las teníamos a menudo, sobre todo en los momentos previos del juego sexual, sacando a relucir a algún antiguo novio o algún indivíduo que le gustaba y concluía siempre masturbándose pensando en el de turno, con algún juguete erótico, consolador o, sobre todo, con un huevo vibrador que era su preferido.
Lo cierto es que, hasta ese momento, la única pollá que la había follado era la mía.
Mi mujer se fué al agua y nadó un rato (es una estupenda nadadora) y volvió junto a mí. Observé al vecino.
-El mozo no te ha quitado la vista de encima.
-Este cuerpo se lo merece - rió.
-Mira que eres creida.
-Tú mismo dices que estoy muy buena.
-Sí, señora.
Es verdad que mi mujer siempre ha estado muy buena A¡incluso ahora!, y, sin tener un rostro de revista, sí es muy atractivo e interesante.
Me quedé adormilado y noté un codazo de mi mujer.
-Mira al morenito.
Me incorporé y ví que, tumbado boca arriba, tenía cerrados los ojos A¿dormido? y la polla erecta.
-A¡Qué bonita está!
-Anda, acércate y ponte encima.
-Se llevaría un susto.
Se despertó y viéndose así, nos echó una ojeada y, claro está, que se dió cuenta que estábamos mirándole. Se levantó y se fué al agua, estuvo un rato y volvió, ya con la polla a medias, se tumbó boca arriba y terminó el espectáculo.
Mi mujer, que estaba, como yo, sentada, se tumbó y yo alargué la mano a su coño.
-Lo tiene húmedo.
-El sol que ya sabes que cuando me da en el chocho me lo pone cachondo.
-Y la polla del vecino A¿qué?
Rió mi mujer:
-También. Y déjame que me disparo.
A las dos el vecino se vistió y se fué. Decidimos ir ya a comer, así que recogimos las toallas y, con toda la impedimenta en la bolsa, nos encaminamos desnudos hacia el sendero de subida, pues la marea ya estaba alta y había que vadear algunos trozos entre las rocas. Alcanzamos al morenito que se había visto obligado a desnudarse y descalzarse y, una vez vestidos, alcanzamos la altura prácticamente a la vez.
Él se dirigió a su coche y, nosotros, dejamos en el nuestro la bolsa y nos acercamos a un restaurante que allí hay y que, en septiembre, a diario, apenas tiene clientes. Con sorpresa, vimos que estaba cerrado. Solté un taco.
Detrás de nosotros el morenito nos preguntó:
-A¿Perdonen, está cerrado?
-Pues sí, ya es extraño.
-A¿Hay algún sitio por aquí que esté abierto? No conozco la zona.
-Yo creo que podíamos comer en la venta de las acacias - propuse a mi mujer, que le pareció bien.
-Síganos con su coche; se trata de una venta donde se come buen pescado... y más barato que aquí.
Rodamos pasando de largo por delante de la urbanización y, a poco de dejar atrás la carretera del faro de Trafalgar, nos metimos delante de la venta.
-A¿Quieres que estemos con él?
-Eres de lo más golfo.
-A¿No has dicho que te gusta?.
No contestó mi mujer. Bajamos del coche y el morenito hizo lo mismo. Entramos en la venta charlando acerca del sitio y, tanto el dueño de la venta, como su mujer, que estaba en la cocina, salieron a saludarnos y, después, propuse:
-Le propongo que coma con nosotros, que eso de comer solo es un poco triste.
Aceptó y nos sentamos. Nos sirvieron unas cervezas y unas aceitunas.
-Por cierto, ya que son tan amables y que conocen la zona A¿hay algún hotel por aquí para pasar la noche?
-Las ventas suelen tener algunas habitaciones, pero hoteles... habría que ir a Conil.
-Hasta mañana no tengo que ir a Cádiz y me gustaría quedarme por aquí.
Nos pidió perdón y se levantó para ir al lavabo.
-A¿Le damos alojamiento?
Mi mujer me miró dubitativa.
-No hay sábanas en la otra habitación.
-Hay manta, A¿no?. A¿No te gustaría?
Mi mujer sabía perfectamente lo que yo pretendía.
-Tu verás.
Volvió nuestro acompañante y se lo planteé.
-Nosotros tenemos alquilado un apartamento y hay otro dormitorio; la pega es que no hay sábanas, pero sí mantas; nos gustaría que se viniera con nosotros.
-Son muy amables, peo no quiero molestar.
-Mire, usted está sólo y así charlamos.
-Muchas gracias, pero ni me he presentado, me llamo Javier Álamos.
Le dijimos nuestros nombres y, en ese momento vino la comida. Durante la misma nos contamos cosas de nuestras respectivas vidas. Era ingeniero, iba a Cádiz para un asunto en los astilleros de Puerto Real. Al preguntarle, un tanto impertinentemente, cómo andaba tan solitario, nos explicó que estaba separado, aunque tenía una amiga en plan libre, de mutuo acuerdo.
Tomamos café y le ofrecí un cigarro puro, a mi mujer le dí la habitual panatela.
-Resulta muy atractiva la mujer que fuma puros.
Yo comenté malévolamente, recibiendo un golpe con la pierna de mi mujer.
-A mi mujer le gustan no solo las panatelas sino toda clase de puros.
Javier no dijo nada y siguió la conversación por otros derroteos. Se estableció una buena relación entre los tres y, al acabar, nos dirigimos al apartamento. Subió la maleta y nos sentamos en la terraza. Mi mujer nos anunció que se iba a echar la siesta, como siempre; al cabo de un ratito hicimos lo mismo los hombres. Se metió en el otro dormitorio y yo encontré a mi mujer dormida.
A las siete más o menos, nos levantamos y decidimos darnos una ducha. Mi mujer y yo fuimos al baño y uno detrás de otro nos duchamos rápidamente. Se quiso mi mujer poner la toalla cubriédola, pero le dije que Javier ya la había visto desnuda y la empujé pasillo adelante; justo en ese momento salió Javier de su habitación, naturalmente vestido.
-Si quieres ducharte, hazlo.
-Pues sí, porque tengo todavía arena de la playa.
-Volvió a meterse en su habitación. Mi mujer ya había entrado en la nuestra y yo seguí, pero dejando la puerta abierta. Javier también la había dejado abierta y, estando las dos puertas enfrentadas, le vimos desnudarse, salió al pasillo, con la polla un tanto levantada, y se metió en el cuarto de baño.
Mi mujer se estaba vistiendo: un traje ligero, amarillo, abotonado por delante, largo por encima de la rodilla, con los últimos botones desabrochados, con lo que al andar enseñaba casi la entrepiena.
Javier salió del baño, se metió en su habitación y salió con un pantalón verde claro y un polo amarillo.
-Haces juego con Maribel - le dije.
-Eso es un honor.
Salimos a pasear, fuimos hasta el faro. Mi mujer nos había cogido del brazo y así estuvimos todo el rato.
Al volver decidimos ir a cenar a la misma venta. En vez de cerveza, pedimos vino de Chiclana y, nsturalmente, nos hizo efecto.
Comento Javier que esperaba haber encontrado algo más de ambiente en Los Caños, pues había oido que había ambiente jipi, pero le expliqué que en Septiembre y siendo martes... Los fines de semana ya era otra cosa, pero... tampoco: Julio y sobre todo Agosto.
-A¡Vaya!, tenía que haberme traido a Tina.
-Siempre se necesita una moza.
-A ver cómo están las cosas en Cádiz.
-Pues yo no lo sé, pero en último extremo, no eres manco.
Rió.
-Pero no es lo mismo.
Volvimos paseando al aprtamento, mi mujer agarrándonos por el brazo. Entre lo que nos entretuvimos en la venta y el camino de regreso, llegamos casi a la una de la madrugada. Le pregunté que cuándo se iba a Cádiz y me dijo que después de comer, así que le propuse que podíamos volver a la playa, cosa que aceptó.
Alargamos la conversción un rato en la terraza. Mi mujer, con la falda del vestido a los lados de las piernas cruzadas, enseñaba los muslos y Javier no apartaba los ojos. Me fijé que el pantalón le marcaba un buen bulto. Le pasé el brazo por encima a mi mujer que, enseguida, se levantó y dijo que se iba a la cama.
Nos levantamos también los hombres y Nos dimos las buenas noches. Apenas se cerrarron las puertas, encuanto nos desnudamos, abracé a mi mujer y le puse la mano en el coño; lo tenía húmedo y se dejó acariciar soltando un suave gemido.
-Estás cachonda A¿eh?
-Estoy muy caliente.
-A¿No te apetece irte con él?.
-Fóllame tú.
-Pero te apetece Javier. Con las ganbas que tienes de meterte otra y éste te gusta.
Mi mano seguía acariciándola el coño y notaba que se estaba excitando.
-Anda, ven aquí.
La empujé despacio hacia la puerta, la abrí y, sin dejar de acariciarle el coño, empujé a mi mujer hasta la puerta de enfrente. Bajé la manilla y empujé, se abrió la puerta, hice girar un poco a mi mujer y con la mano en su culo la hice entrar. Un poco de resplandor entraba entre la persiana y mi mujer se acercó a la cama.
-A¡Hola! - oí decir a Javier.
Me pasé a mi habitación y me senté en la cama.
Oí chirriar el somier del otro dormitorio. Los somieres eran de aquellos antiguos y, desde luego, estaban un tanto viejos. Las puertas estaban abiertas y pude oir a poco los jadeos y murmullos de Javier y los gemidos de mi mujer; como el somier hacía un ruido tremendo, me resultaba aquello tan excitante que me tuve que agarrar la polla, porque me dolía de lo hinchada que estaba. Cada vez los jadeos eran más fuertes y mi mujer más que gemir, gritaba.
Puta, pensé, cómo te estás corriendo, ya tienes otra polla en el coño.
Aquello siguió su curso hasta que oí a Javier gritar "toma leche", un largo grito de mi mujer y, poco a poco, todo quedó en silencio. Oí unos murmullos y el somier rechinar y los pasos de mi mujer; entró en la habitación y yo la agarré, abrazándola. Me abrazó muy fuerte.
-Mira como tengo la polla. Ahora te voy a follar yo.
-Estoy chorreando por los muslos, voy a ir al baño.
-De eso nada.
La hice tumbar en la cama y le toqué el coño: estabachorreando y se le habían mojado los muslos.
-Así tenía ganas de cogerte, con el coño lleno de leche.
Le acaricié el coño y las tetas; seguía abrazada a mí.
-Fóllame tú ahora.
-Ahora sí que vas a tener el coño lleno de leche. Así quiero que lo tengas siempre, que quiero que seas muy zorra.
-Sí cariño, sí. Fóllame tú.
Le metí la polla y esta vez los jadeos y los gemidos de mi mujer y los crujidos del somier tuvieron que llegar a los oidos de Javier.
Cuando acabó todo, le pasé los dedos por el coño: la leche desbordaba el coño y resbalaba por la entrepierna hacia el culo. La abracé, puso su cabeza en mi hombro como siempre y nos quedamos dormidos.
Amanecimos a las nueve. Mi mujer me besó y comentó:
-A¿De verdad pasó lo que pasó?
-Ya lo creo - reí - Cariño, A¿estás contenta?
-Soy una golfa. A¿Te gusta que sea una golfa?
-Ya viste cómo se me puso la polla.
Salimos al pasillo y nos encontramos con Javier que se quedó un poco a la espectativa.
-Buenos días: Creo que estamos todos muy contentos esta mañana.
Noté cómo se relajaba.
Nos duchamos los tres y, entre los tres, preparamos el desayuno: pan de molde, mermeladas y café con leche. Nos quedamos en la terraza y deshinibidamente dije:
-No tendrás que buscar plan desesperadamente en Cádiz, supongo.
-Para mí no es solo una cuestión de necesidad, sino, lo reconozco, de vicio.
-Tu novia, A¿es viciosilla?
-Le gusta más una polla que yo qué sé.
-Ya habrás visto que a nosotros nos va la marcha. Para tu recuerdo te digo que tu polla ha sido la segunda que se ha metido mi mujer.
-Mi marido quiere que sea una viciosa.
-Mi novia lo es y para follar es lo mejor.
-La verdad: os doy las gracias; nunca ha sido nadie tan hospitalario como vosotros.
Pasé el brazo por encima de los hombros de mi mujer, la besé y con la otra mano le acaricié las tetas.
-A¿Verdad que está buena?
-Tienes una mujer muy apetecible. Me gustó cuando la ví ayer en la playa.
-Por cierto, que te empalmaste. Maribel ddisfrutó con el espectáculo.
-Me dormí y desperté así.
Mi mujer permanecía callada y cerró los ojos. Noté que los pezones se le habían puesto duros con mis caricias. El caso es que a mi se me estaba poniendo la polla tiesa y a Javier igual. Mi mujer gimió un poco y ahí ya se me disparó la polla. Le cogí la mano a mi mujer y se la puse en mi polla; la agarró y empezó a masajearla. Yo me puse excitadísimo y le dije a Javier:
-Vamos a follarla.
Yo seguí besándola y acariciando sus tetas y Javier se arrimó y le metió la mano entre las piernas. Mi mujer automáticamente las abrió y con la otra mano le cogió la polla y también la pajeó. Otra fantasía que realizaba mi mujer. Ya gemía y dije que fuéramos a la cama. En nuestro dormitorio le dije:
-Danos una mamada.
Se sentó en el borde de la cama y al acercarnos se metió la polla de Javier en la boca, luego la mía y quio meterse las dos a la vez. Yo era la primera vez que tenía contacto con otra polla, pero me excitó.
La hice ponerse a cuatro manos delante de Javier y le dije que siguiera mamándole. Inmeditamente, por detrás, le metí la polla en la vagina y empecé a darle empellones. Javier no aguantó la mamada y se corrió en la boca gritando ttoma leche. Con la mano se acarició el clítoris y cuando por sus gemidos intuí que se corría, di unos empellones más fuertes y le grité el coño lleno puta, corriéndome salvajemente.
No fuimos a la playa y nos quedamos en el apartamento.
Salimos comer a la misma venta y volvimos al apartamento.
Nos despedimos, nos dimos un abrazo y me dijo Javier:
-Cuando vengas a Barcelona te tienes que tirar a mi novia.
Dió un beso en la boca a mi mujer y, subiéndose al coche se marchó.
Me senté en la terraza. Maribel vino hasta mí y se snetó encima. Me abrazó, me besó y me dijo:
-Te quiero mucho.
-A¿Aunque me pongas los cuernos?
-A tí te gusta y a mí también.
sabes eres un compa atoda madre y si a ti i tu esposa les gusto aber cogido de esa manera siganlo asiendo pues eso los va mantener siempre muy calientes y felisito atu esposa por ser tan cogelna me gustaria conoserla para mamarle el coño ponki
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