
A Ricardo, mi compañero de celda, todos le llamaban Pato. Era un tipo alto y muy fornido. Se machacaba en el gimnasio, decía que si no lo hacía así engordaba mucho. Tenía muchos tatuajes, en los brazos y por todo el cuerpo, algunos hechos en la cárcel, otros fuera de ella. Yo era más bajito, delgado y fibroso, y no tenía cuando lo conocí ningún tatuaje. Ahora es distinto. Empecé a machacarme también en el gimnasio, pero en lugar de ganar volumen, mi cuerpo empezó a tornarse muy marcado y atlético, pero aún muy delgado. A Ricardo le gustaba así.<br />
<br />
Después de la primera noche, seguí a Ricardo por todas partes. Era lo mejor que podía hacer por mi seguridad. No a todos en la cárcel les gusta follarse a otro hombre, pero allí dentro, las ganas son muchas y hay que tener cuidado. Así que yendo todo el día detrás de Ricardo, como su perrito faldero, me aseguraba de que a nadie se le ocurriría propasarse conmigo. Enseguida me reconocieron como "la putita de Pato". Éso no es que me ayudara mucho a ganarme el respeto de mis compañeros, pero al menos me calificaba como intocable. En cualquier conversación me ignoraban y me miraban como a un come-pollas más, pero al menos a nadie se le iba a ocurrir hacerme daño.<br />
<br />
Ricardo tenía razón. Al poco de entrar en la cárcel, Paula, mi novia, me dijo que lo sentía mucho, pero que no podía esperar a que saliera del trullo. La verdad es que no me dolió mucho. Al volver a mi celda me esperaba Ricardo. No me dijo nada, pero al caer la noche me bajé a su litera y comenzamos a besarnos mientras nos quitábamos la ropa. Era extraño,pero hasta entonces sólo le había hecho pajas y mamadas (una detrás de otra es verdad, pero sólo éso). Aquella noche sentía que ésa era la noche para algo más.<br />
<br />
Ricardo también se dió cuenta de lo que quería, así que me indicó que me pusiera a cuatro patas sobre la cama, enseñándole mi culo. Sin verle, sentí cómo escupía saliva sobre su mano y me mojaba el ojete. Lo volvió a hacer un par de veces más, introduciendo su dedo con cuidado en mi ano, mojándome de su saliva. Yo me dejaba hacer, cada vez más excitado. De hecho tenía una de las mayores erecciones de mi vida.<br />
<br />
Después de unos minutos intentando mojar mi culo, se posicionó detrás de mi y empezó, lentamente a penetrarme. Me dolía mucho, y no podía dejar de emitir algún que otro gemido de dolor, pero Ricardo me susurraba que tranquilo, que faltaba poco, y seguía, aún más despacio, introduciendo su pene en mi ano. <br />
<br />
- Sácala por favor, no lo aguanto. - le supliqué. Pero Ricardo no me hizo caso y siguió hasta dentro, con suavidad, mientras yo sentía un gran dolor en mi ano.<br />
<br />
- Me estás desgarrando, por favor para - volví a suplicar. Para mi sorpresa, Ricardo empezó a sacar su polla de mi culo, pero muy lentamente. Con alivio sentí como salía finalmente.<br />
<br />
Me iba a dar la vuelta cuando, de pronto, sentí como me sujetaba y me la volvía a meter. Me preparé esperando el mismo dolor que antes, pero para mi sorpresa no llegó. Me dolía sí, pero no era igual, era un dolor que podía soportar. Ricardo empezó a empujar y sacar, con suavidad, pero cada vez más deprisa. Tragué saliva, porque sentía que cada vez estaba más lubricado y que me estaba entrando un gusto que había desconocido hasta entonces.<br />
<br />
Poco a poco, las embestidas de Ricardo eran cada vez más fuertes, y su polla se me clavaba más adentro, pero a mi aquello cada vez me excitaba más. Me sentía, ésta vez sí, como su auténtica putita, y en aquel momento hubiera dado cualquier cosa por él. Los dos jadeábamos como dos perros, y empecé a moverme al compás de las embestidas que me daba, lo cual excitó tanto a Ricardo. Al final la metía y la sacaba de mi culo con mucha rabia mientras yo casi gritaba del gusto. De hecho, en las otras celdas empezaron a silbar y a animar a Ricardo, ya que, aunque no nos podían ver, estaba claro por los gemidos que soltábamos, lo que estábamos haciendo.<br />
<br />
- Rómpele el ojete, Pato, hasta el fondo - se mofaban de mi en la celda de al lado. A mi en aquellos momentos me daba igual, de hecho, imaginaba que más de uno se estaría masturbando pensando en cómo Ricardo me estaría follando. No pude aguantar más y me corrí incluso antes de que mi compañero hiciera lo mismo dentro de mi culo.<br />
<br />
Terminamos sudorosos y jadeantes. Nos acostamos otra vez los dos en su litera y yo me metí entre sus brazos. <br />
<br />
- Muchas gracias Ricardo - le dije con voz temblorosa.<br />
<br />
- Gracias a ti, putita mía - me dijo él, y yo me sentí increíblemente feliz de serlo.
Sigo disfrutando de este relato como si fuera una novela, de verdad que sabes como excitar al lector con tu escritura con tu forma de relatar,.. Dos relatos he leido y dos puñetas me he hecho, pensando en que es a mí que Ricardo se la está metiendo, me gusta y voy para el otro.. Saludos!.
Nombre
Comentario